La levedad del ser

La levedad del ser

viernes, 8 de diciembre de 2017

DE QUÉ HABLA MURAKAMI. Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayo

DE QUÉ HABLA MURAKAMI. Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

 
De la originalidad, de los lectores, de sus traducciones, de sus inicios, del béisbol, del jazz… En su ensayo De qué hablo cuando hablo de escribir (Tusquets, 2017) el escritor y traductor japonés Haruki Murakami (Kioto, 1949) repasa su periplo literario con la intención de dar a conocer cómo una persona humilde, honesta consigo misma y con los demás, llega a ser lo que es en el universo literario.
 
Pocos datos asoman de su vida personal: se casó y se vio en la necesidad de trabajar; abrió un bar donde organizaba conciertos de jazz. Posteriormente acabó sus estudios universitarios de Artes Escénicas. No le gustaba estudiar, por lo que nunca se esforzó demasiado (siete años le costó terminar la carrera). Se crio en una tranquila zona residencial, en el seno de una familia pequeño burguesa de asalariados. Leer fue su gran escuela. Si no hubiera leído tantos libros, mi vida habría sido más gris, apática, deprimente, inclusoEn ellos aprendió muchas cosas importantes de la vida y no halló ni competitividad, ni reglas absurdas, ni juicios de valor.
 
En los años ochenta sintió la necesidad de irse de su país; le resultaba difícil escribir en una sociedad que se regía únicamente por el dinero y que se entrometía en su vida personal.
 
Su incursión en la escritura resulta curiosaen un partido de béisbol, tras una jugada asombrosa, sintió que él también podía realizar algo increíble como escribir una novela. Sin tener ninguna idea, lo hizo. Al releerla, fue consciente de que lo que había escrito no dejaba ningún poso en el corazón. Entonces analizó el otro aspecto: el idioma. Con su lengua materna, el japonés, cuando intentaba construir frases para expresar un sentimiento, las palabras se le amontonaban. Por eso comenzó a escribir en inglés y, cuando tradujo el primer capítulo, se dio cuenta de que había aflorado una forma de narrar propia de él.
 
Ese partir de cero, ese No tengo nada que escribir inicial lo transformó en motivación y sobre esa base avanzó en la escritura. Para inventarse un estilo propio, se sirvió de la música, en especial del jazz, así como de frases cortas con una estructura gramatical más bien simple. Quizá no escriba con la cabeza, sino con cierto sentido corporal, como si fijase el ritmo con unos buenos acordes y me dejase llevar después por el poder de la improvisación.
 
De esta manera, Escucha la canción del viento (1979), su primera novela, ganó el Premio de Literatura Gunzou para escritores noveles, concedido por una revista literaria. Fue su inclusión en el ámbito profesional.
 
El premio le introdujo en la fama, pero no duda en afirmar que hay cosas mucho más importantes para un escritor que los premios. Lo que permanece en el tiempo para las generaciones futuras son las obras, no los premios. Por eso, solo en dos ocasiones más optó a otro premio, en este caso, el Premio Akutagawa. No le preocupó no ganarlo, es más opina que hubiera sido un inconveniente llamar la atención al trabajar en su bar. Sin embargo, los demás convencidos de que lo ganaría se sintieron obligados a consolarle. Incluso un día se topó con un libro publicado sobre el tema.
 
Es una persona que necesita mucho tiempo para cambiar el método que tiene de hacer las cosas. Por eso, comenzó escribiendo en primera persona del singular masculino y se mantuvo así durante un largo tiempo. Con sus primeros personajes le ocurrió lo mismo, al principio, era incapaz de ponerles nombre. A la hora de crearlosno suele partir de una persona real, sino que prefiere fijarse en la apariencia, en la forma de expresarse, de actuar de muchas personas.
 
Le gusta reescribir, lo define como la actitud de un escritor frente a un trabajo que decide mejorar. Uno puede convencerse de haber escrito algo casi perfecto, pero siempre es mejorable. Por eso en esa fase de reescribir intento apartar mi orgullo y mi presunción. Después llega la primera lectora de sus escritos antes de la editorial: su mujer; discute con ella, pero admite que por lo general tiene razón y nuevamente lo reescribe.
Pocos escritores afirman tajantemente como él que nunca ha sufrido un periodo de sequía creativa. Y es que cuando no se siente con ganas de escribir, traduce del inglés al japonés. La traducción es un trabajo técnico por lo que no interfiere en la necesidad de expresar algo y es un excelente ejercicio de escritura.
 
La figura del lector no cobró existencia en él hasta que ganó el premioNo es de los que se prodiga en actos públicos, únicamente  da conferencias en el extranjero una vez al año o participa en lecturas públicas con firma de libros incluida. Le satisface que sus obras interesen a distintas generaciones.
 
Lo negativo de esta su profesión está en la crítica que nunca le ha apoyado —incluso calificaron de “contrariedad” el que un escritor se dedicara a la traducción— y puede que todo se entienda porque en Japón, quien hace algo distinto a los demás aviva una reacción de rechazo. Y en la soledad del escritor. Para él es como estar sentado en lo más profundo de una cueva.
 
A lo largo del libro reitera sin cesar dos números: el treinta, que alude a la edad en la que se convirtió en escritor y el treinta y cinco, los años que lleva escribiendo. Y es que él mismo se sorprende de llevar tanto tiempo haciendo lo mismo. De ese primer día mantiene la misma sensación a la hora de escribir, como si tocara música, la misma premisa de divertirse y la misma libertad para crear algo original. Soy un individualista nato, decidí hacer lo que quería y como quería.
 
De lo que no habla este libro es de sus gustos literarios, aunque es obvio el guiño a CarverDe qué hablamos cuando hablamos de amor (1987).
 
Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Ana María Matute y sus fantásticos mundos

Ana María Matute y sus fantásticos mundos (Extraído de "Poemas del alma")

La literatura me ha salvado cuando en la vida he caído en pozos oscuros”
Un día como ayer, 26 de julio, hace 86 años nacía Ana María Matute, una escritora con garra que ha ofrecido miles de mundos increíbles e impregnado con su estilo tierno y apasionado, las letras españolas.
El año pasado, la autora recibió el Premio Cervantes de Literatura, uno de los galardones más prestigiosos, convirtiéndose en la tercera dama que alcanzó dicho premio. En este artículo le haremos un breve homenaje a esta enorme mujer, que vive la literatura de una forma tan intensa que te hace estremecer.
Ana María manifiesta un amor por las letras que llama la atención, dice que se siente ligada a la literatura de una forma muy fuerte y es la literatura la que en más de una ocasión le ha devuelto el gusto por la vida.
“Tuve una depresión mala y dejé de escribir. No me interesaba nada. Ese libro me salvó. Volver a escribir fue volver a ser yo misma. Sin escribir no soy yo, no soy nada”.

Una mujer obsesionada con la infancia
Ana María Matute ha escrito principalmente acerca de la infancia y de la falta de entendimiento entre los adultos y los niños. En su obra “Paraíso inhabitado” hace especial hincapié en esta problemática y muestra la realidad desde la mirada de una niñita que no desea dejar el paraíso de la infancia pero la fuerzan a hacerlo, a crecer, a volverse a adulta, a olvidar todo ese mundo que la contiene y que considera es el único que le puede hacer sentir a gusto, lo que puede rescatarla del dolor.
Esta obra es un absoluto grito de auxilio de todos los niños que los grandes tenemos dentro, para salir, para permitirles ser, y es, seguramente la revelación de un mundo que los grandes ignoramos, el universo de los pequeños.
Para la Matute la infancia es fundamental. En realidad está convencida de que es importante para todos pero algunos no se dan cuenta, olvidan que dentro tienen un niño y que pesa muchísimo: “La infancia marca. Yo digo en Paraíso inhabitado que “a veces la infancia es más larga que la vida…persiste más””.
La obra de Matute es muy profunda, te entra de una forma directa en el alma y te la estruja sin piedad, haciéndote llorar, reír y permitiéndote entrar en contacto con tu espacio más íntimo.
Muchos lectores creen que Ana María escribe para niños, pero basta comenzar a leercualquiera de sus obras para darse cuenta de que en realidad sus historias son obras muy complejas, que hablan del alma humana, de la guerra, de los sufrimientos propios de la humanidad. Sus obras hablan de niños pero no son escritas para ellos sino “para que las personas mayores se den cuenta de cómo son los niños en realidad, porque no son como ellos se creen”. Aseguró también, que pese a escribir mucho de la infancia, también lo ha hecho de otros muchos temas que la hacen pensar y escribir, y nombró el amor-odio entre hermanos, la incomunicación y la soledad del hombre actual.
Ficción o realidad
Al hablar de su estilo expresa que no considera que su novela sea fantástica, sino mágica, porque la vida es mágica. Porque para quien describe esos universos, ellos son reales, son la realidad del autor.
Para ella entre la fantasía y la realidad no hay una división tan marcada, la fantasía forma parte de la realidad porque es producto de nuestra mente y desde el momento en que empieza a formar parte de nosotros, pasa a ser parte de la realidad.
Ana María cuenta que siempre se sintió como de otro planeta, diferente a las niñas de su edad, distinta del resto de sus hermanos; dice que miraba el mundo como desde un palco, nunca desde dentro, tenía muchos miedos e incluso era tartamuda. La ficción la fue salvando de la soledad, de los golpes duros que la vida le fue dando y, pese a que la empujaron bruscamente fuera de la infancia, algo de ella permaneció en ese estadio. “La infancia no es una etapa de la vida: es un mundo completo, autónomo, poético y también cruel, pero sin babosidades”.
La guerra civil español, un mal que no era necesario
La guerra marcó considerablemente la vida de Ana María Matute. Comenzó pocos días antes de que Ana María Matute cumpliera los 11 años y dicho hecho cambió rotundamente su vida. Podemos escucharla decir que “De repente de la noche a la mañana el mundo se rompió”. Dice que la guerra la destruyó mucho y fue con ella con quien tuvo noción por primera vez de lo que era la muerte y el odio, y al hablar de esto, sus ojos parecen embargarse de un pasado remoto que vive con ella, que la sigue adonde vaya.
Para la Matute las ideologías políticas cambian mucho con el paso de los años pero los sentimientos que las arraigan no, los sentimientos son perennes. El odio, el amor, el desprecio, la discriminación, la sed de venganza, son eternos y rodean la vida del ser humano desde sus orígenes y hasta el último día de su existencia. Al hablar de esto siempre hace alusión a la guerra, cuyos motivos cambian, pero que encierra los mismos sentimientos miserables de siempre y que, al fin y al cabo, sus resultados siempre son más desfavorables que positivos para las sociedades que deben soportarlas.
La lucha por vivir y por sobrevivir a su cuerpo
La Matute en su extensa carrera, que esperemos dure todavía varios años más, se juega por defender básicamente tres cosas: la literatura infantil, los cuentos y la felicidad.
En el magnífico discurso que dijo cuando se le entregó el Cervantes, luego de aclarar que no le gusta pronunciarlos, expresó que para ella la literatura es lo que le da fuerzas para vivir cada día. “San Juan dijo: “El que no ama está muerto”, y yo me atrevo a decir: “El que no inventa, no vive
Pese a lo que desde afuera se puede apreciar, escribir no es un juego de niño, y tampoco ha sido sencillo para Ana María este camino, que le ha costado mucho esfuerzo y sobre todo, por el que ha dejado mucho. “A la literatura grande se entra con dolor y con lágrimas. Escribir es una forma de protesta siempre, un modo de expresar nuestro malestar en el mundo”.
Y ella habló de ese mundo con el que no estaba conforme, y aún hoy, con 86 años continúa haciéndolo, mientras escribe la que será su próxima novela…
Ana María Matute vive y con esa alegría que la caracteriza y ese tesón envidiable, se ha convertido en una mujer a quien el paso de los años no parecen afectarle, sólo a su cuerpo, pero a ella no. Ella parece sobrevivirse a sí misma en sus obras y en esos fantásticos mundos que, una vez que los habitas, no puedes dejar de visitar con cierta periodicidad.

lunes, 20 de noviembre de 2017

‘El cuento de la criada’, de Margaret Atwood

Margaret Eleanor Atwood es una prolífica poeta, novelista, crítica literaria, profesora y activista política canadiense. Wikipedia
Fecha de nacimiento18 de noviembre de 1939 (edad 78), Ottawa, Canadá
PremiosPremio BookerMÁS

‘El cuento de la criada’, de Margaret Atwood

El cuento de la criada - Margaret Atwood

Como suele suceder con algunos autores que sólo consiguen salir de los círculos minoritarios gracias a la concesión de galardones mediáticos, conocí la obra de la canadiense Margaret Atwood (Ottawa, 1939) a raíz de la concesión del Premio Príncipe de Asturias a las Letras en 2008. Se trata de una escritora con una obra variada y lúcida, comprometida con la posición social e individual de la mujer, y entre la que destaca su célebre novela El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale, 1985). Con ella me acerqué a su literatura y a su lectura le siguió la de otras novelas como La mujer comestible (The Edible Woman, 1969), Resurgir (Surfacing, 1972) o El asesino ciego (The Blind Assassin, 2000).
Hace unas semanas me acerqué de nuevo a El cuento de la criada. Recordaba haber disfrutado del libro y de la historia, y me apetecía volver a sus páginas. Su relectura me ha confirmado que hay novelas que ganan con las revisiones.
La historia de El cuento de la criada se centra en una espeluznante distopía en la que se narra, a través de una voz femenina en primera persona, un futuro en el que, tras unas guerras con armas nucleares, los Estados Unidos se han transformado en la república de Gilead, una suerte de teocracia basada en el puritanismo y en la interpretación extrema del Antiguo Testamento en el que la sociedad se estructura y organiza de manera patriarcal y arcaica.
Margaret Atwood, autora de El cuento de la criada
La narradora, Defred, nos relata su historia mediante continuos flashbacks en forma de recuerdos mientras reconstruye su presente en la república de Gilead, que ha relegado a las mujeres a unos pocos papeles: esposa, madre y ama de casa. Papeles que los hombres de la oligarquía que domina este estado han decidido que deben ser los que interpreten las mujeres. La sociedad de la república de Gilead, controlada por Ojos y vigilada por Ángeles, está dirigida por una élite política compuesta por los llamados Comandantes. Sometidas a éstos se encuentran las Esposas, asistidas por las Marthas, mujeres encargadas de las labores de la casa. Por último, las Criadas, mujeres cubiertas con hábitos rojos que no tienen ningún control sobre su cuerpo, y cuya única misión es engendrar a los hijos de los Comandantes. A esta categoría pertenece la narradora, que va desgranando su historia y la de la sociedad en la que vive con cierta nostalgia y resignación. Las criadas están sometidas en todos los aspectos y ni siquiera son madres ya que al dar a luz a los hijos de los Comandantes éstos son criados por las Esposas. Sólo son un cuerpo que debe preservarse oculto, un vientre para asegurar la descendencia de la oligarquía.
Margaret Atwood, a través de la historia de Defred y de sus recuerdos de antes de la instauración de la república de Gilead, hace hincapié en todo aquello que se puede arrebatar a las mujeres: trabajo, posición social, pensamientos, capacidad crítica, sexo, libertad… Las ideas son peligrosas para el Estado totalitario que imagina Atwood, como  lo eran los sueños en El Palacio de los Sueños de Ismail Kadaré. Por esta razón las mujeres son educadas en Centros que trabajan directamente para destruir la conciencia individual de las Criadas. Las Criadas han perdido todo, incluso el nombre. Son propiedad de los hombres, por eso reciben nombres como Defred (que pertenece a Fred) o Deglen.
En un mundo donde la procreación es sagrada y la concepción limitada, El cuento de la criada va esbozando una historia espeluznante y oscura. El totalitarismo que recrea Atwood es extremo, pero su denuncia del control de las mujeres(especialmente en lo que se refiere a su capacidad de ser libres, de decidir sobre su vida y sobre su función reproductora) es tan actual que no deja de ser inquietante. La escritora canadiense no es sutil en su denuncia feminista. No le hace falta. El miedo a las mujeres y a su sexualidad no es algo del futuro. Atwood lleva al extremo situaciones que ya están sucediendo, lo que hace de la lectura de esta novela algo necesario.
La distopía de Atwood está trazada con una cierta sequedad y análisis minucioso, vertebrando una narración de textura ásperadonde las observaciones de la protagonista se tiñen de una cierta frialdad. Estamos ante un libro magnífico cuya lectura es mucho más que recomendable. Tan sólo el cierre del libro, que actúa como válvula de escape a la tensión narrativa y que se basa en el manido recurso del “manuscrito encontrado”, resta un poco de intensidad a la novela. No obstante, el resultado global es casi redondo.
Ficha bibliográfica
Margaret Atwood, El cuento de la criada (trad. Elsa Mateo), Barcelona, Bruguera, 2008, 477 páginas.
La imagen de Margaret Atwood la he extraído de brainpickings.org.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Pablo Neruda inédito( EL CULTURAL)

Pablo Neruda inédito

El 14 de septiembre de 1973 Pablo Neruda dictó a Matilde Urrutia, su mujer, el último capítulo de sus inacabadas memorias, Confieso que he vivido. Más de 40 años después, la Fundación Pablo Neruda ha incorporado una gavilla de textos inéditos al volumen, que lanza la semana que viene Seix Barral en España. El Cultural publica cuatro de estos inéditos, junto a sendos artículos de Luis María Anson y de Jorge Edwards, amigos y confidentes del poeta chileno. Darío Oses, director de la biblioteca de la Fundación y responsable de esta edición, explica que se han añadido un centenar de páginas inéditas que “completan algún relato o algún tema del libro o que tenían alguna marca que indicaba que podían haber sido escritos para ser incluidos en las memorias”. Porque, como escribió el propio Neruda, el poeta chileno jamás renunció a atesorar todo lo sentido, vivido, luchado “para seguir escribiendo el largo poema cíclico que aún no he terminado, porque lo terminará mi última palabra en el final instante de mi vida”.


 | 10/11/2017 |  Edición impresa


Junto a Matilde Urrutia, en las escaleras de su casa La Chascona, en Santiago de Chile, cuando esta se encontraba en construcción, en 1953. Archivo de la Fundación Pablo Neruda

El vagabundo de Valparaíso

Valparaíso está muy cerca de Santiago y parecen separarlas solo nuestras hirsutas montañas en cuyas cimas se levantan, como obeliscos, gigantescos cactus hostiles y floridos.

Pero la verdad es que algo infinitamente indefinible separa a Valparaíso de Santiago, capital de Chile. Santiago es una ciudad prisionera, cerrada por sus muros de nieve. Valparaíso abre sus puertas al infinito mar, a los gritos de las calles, a los ojos de los niños: todo es allí diferente. En el punto más desordenado de mi juventud nos metíamos de pronto en un tren, siempre de madrugada, siempre sin haber dormido, siempre en un vagón de tercera clase, sin un centavo en los bolsillos, dirigidos por la estrella de Valparaíso. Éramos poetas o pintores de poco más o menos veinte años y entre aquellos cuatro o cinco viajeros reuníamos una valiosa carga de locura irreflexiva que quería emplearse, extenderse, estallar. Valparaíso nos llamaba con su pulso magnético.

Solo muchos años después he sentido desde otra ciudad ese mismo llamado inexplicable. Fue durante mis años de Madrid. De pronto en una cervecería, saliendo de un teatro en la noche o simplemente andando por la calle, oía la voz de Toledo que me llamaba, la muda voz de sus fantasmas, de su silencio. Y a esas altas horas, con mis amigos tan locos como los de mi juventud, nos largábamos hacia la antigua ciudadela calcinada y torcida. Otra vez visitantes sin dinero y sin ningún conocido, dormíamos ahora vestidos sobre las arenas del Tajo, bajo los puentes de piedra.

No sé por qué entre mis viajes fantasiosos a Valparaíso uno se me ha quedado grabado, impregnado por el aroma de hierbas arrancadas a la intimidad de los campos. Contaré la historia.

Se oía un silencio de altura, de cumbres solitarias: solo algunos ladridos de perros astrales cruzaban la noche"
Íbamos a despedir a un poeta y a un pintor que tal vez viajarían a Francia en una posibilidad de tercera clase de la P.S.N.C. (Pacific Steam Navegation Company) surto en la bahía. Allí estaba el navío lleno de luces y fumándose su gruesa chimenea: no había duda de que partiría. Como entre todos no teníamos para pagar ni el hotel más ratonil, buscamos a Novoa, uno de nuestros locos favoritos del gran Valparaíso. Sabíamos que él no desteñía y su casa en los cerros estaba siempre abierta de par en par a la locura. Era tarde en la noche cuando emprendimos la marcha. No era tan simple. Subiendo y resbalando interminablemente colinas y colinas hasta el infinito en la oscuridad veíamos imperturbable la silueta de Novoa que nos guiaba. Era un hombre grandísimo, de gruesos bigotazos y barba. Los faldones de su vestimenta oscura eran como alas en las cimas desconocidas de aquella cordillera que subíamos ciegos y abrumados.

Él no dejaba de hablar. Era un santo loco a quien solo nosotros los poetas habríamos canonizado. No daba importancia a esta consagración sino a las secretas relaciones, que solo él sabía, entre la salud corporal y los dones naturales de la tierra. Era, naturalmente, un naturista. Era un vegetariano vegetal, y él, sin dejar de predicarnos mientras marchaba, con voz tonante, hacia atrás, como si fuéramos sus discípulos, avanzaba imponente, tal como un san Cristóbal de los nocturnos, solitarios suburbios.

Por fin llegamos a su casa, que resultó ser una cabaña de dos habitaciones. Una de ellas la ocupaba la cama de nuestro san Cristóbal, la otra estancia la llenaba en gran parte un inmenso sillón de mimbre, obra maestra del siglo victoriano, profusamente entrecruzado por inútiles rosetones de paja y extraños cajoncitos adosados a sus brazos.

Fui designado para ocupar el gran sillón para dormir aquella noche. Mis amigos extendieron en el suelo los diarios de la tarde y se acostaron parsimoniosamente sobre las noticias de la época. Pronto supe, por sus respiraciones y ronquidos, que ya dormían todos. A mí me era difícil dormir sentado en aquel mueble monumental. El cansancio me mantuvo insomne.

Se oía un silencio de altura, de cumbres solitarias: solo algunos ladridos de perros astrales cruzaban la noche, solo algún pitazo lejanísimo de navío que entraba o que salía me confirmaba la noche de Valparaíso.

De pronto sentí una influencia extraña y arrobadora que me invadía. Era una fragancia montañosa a pradera, a vegetaciones que habían crecido con mi infancia y que yo había olvidado en el despeñado fragor de la ciudadanía. Me sentí reconciliado con el sueño, envuelto por la tierra maternal.

Pero, de dónde podía venir aquella palpitación silvestre de la tierra? Estaba impregnándome, se apoderaba de mis sentidos un olor invasor compuesto por una purísima virginidad de aromas. En la oscuridad palpé hacia la armazón de mimbre de mi sillón colosal.

Metiendo los dedos entre sus vericuetos descubrí al tacto innumerables cajoncillos. Y en ellos, sin ver en la oscuridad, con mis manos toqué plantas secas y lisas, ramos ásperos, espinosos, redondos, hojas lanceoladas, tiernas o férreas. Todo un arsenal de la salud de nuestro anfitrión vegetariano, de una vida recogiendo malezas con sus grandes brazos de san Cristóbal abundante y andarín.

Revelado el misterio, me fue fácil dormir entre aquellas hierbas guardianas.

Hoy, en la mañana de este mes de agosto de 1973 en Isla Negra, al recordarlo, compruebo que todos mis amigos de aquella noche extraña y aromática ya se fueron a la muerte cumpliendo cada uno su trágico o tranquilo destino.

PABLO NERUDA

[Este texto, en el que el poeta evoca sus vagabundeos juveniles por Valparaíso, fue escrito para las memorias, pero ahora se ofrece una nueva versión, fiel al original mecanografiado con correcciones manuscritas de Neruda]. 


El último amor del poeta Federico

Lorca y Neruda en Buenos Aires en 1933. Archivo Fundación García Lorca
Al llegar a Madrid en el año 1934, conocí a todos los amigos de García Lorca y de Alberti. Eran muchos y a los pocos días yo era uno más entre los poetas españoles. Naturalmente que españoles y americanos somos muy diferentes, y eso se lleva siempre con orgullo o con error por unos y por otros.

Yo encontré que los españoles de mi generación eran mucho más fraternales y solidarios que mis compañeros de América. Al mismo tiempo comprobé que nosotros éramos más universales, más metidos en otros lenguajes y en otras culturas. Eran muy pocos entre ellos los que hablaban idiomas. Cuando vinieron Desnos y Crevel a Madrid yo tenía que traducirles para que se entendieran. Federico no sabía decir ni cuatro palabras en francés. Naturalmente que había excepciones: Alberti, Guillén, Salinas habían viajado y el mundo era más extenso para ellos. Los españoles, por lo general, me parecieron provincianos de Europa. Esto me gustó mucho desde el principio. Más tarde he comprendido que la fuerza principal de España, su razón o sinrazón espiritual, es su limitación terrenal y tal vez también su tragedia.

En el círculo de amigos de Federico, que frecuenté cada día durante los años de mi vida en España, casi no había homosexuales. Tal vez Federico, que era vistoso como un gran torero, tenía sus amoríos en otra parte. Más tarde, en la tertulia nuestra, estuvo siempre acompañado por un muchachón muy recio, varonil y bien plantado. Poco a poco me fui dando cuenta de que era este muchacho el persistente amor de Federico, su último amor. Se llamaba Rafael Rapín [Rafael Rodríguez Rapún]. Era de origen obrero. Tímido, de pelo largo, rizado, no muy alto de cuerpo ni muy delgado, tenía esa sencillez popular española y una completa normalidad varonil. Me pareció que él y otros chicos que llegaban con él al café eran más bien desamparados sexuales, y así un día, como un buen papá, llevé a dos o tres, entre ellos el amigo de Federico, a un burdel cercano a la cervecería donde nos reuníamos. A mí, como americano precoz, me parecía inverosímil que esos muchachos no hubieran conocido mujer.

Federico, que era vistoso como un gran torero, tenía sus amoríos en otra parte. El hambre sexual de España era rabiosa"
El hambre sexual de España era rabiosa. Una tarde que pasábamos por los suburbios hacia la Bombilla, clásico barrio popular de esparcimiento, bajábamos y bajábamos hacia el Manzanares por un camino polvoriento, cercado por tapias blancas que se prolongaban por kilómetros a cada lado. Me llamó la atención que los muros blancos de cal estuvieran en toda su extensión ennegrecidas de grafiti, al punto que oscurecían los interminables muros blancos.

Me bajé del coche para examinar las curiosas inscripciones. Pero en verdad todas tenían la misma fórmula con torpes letras de todas las dimensiones: “Por aquí pasó Pepe con ganas de joder!!”, “El día 3 de julio pasamos por este lugar P.S. y R. con ganas de joder!!”.

Ese erotismo hidrófobo formó parte de España, de su clausura, de su silencio, de su férrea armadura. Esto me resultaba escandaloso. Yo, casi impúber, anduve ya entre camas y cuerpos de mujeres. Aunque también la América española se aguantó la imposición de la castidad colonial, todo el mundo se las arregló para burlarla. Yo no di importancia al haber llevado a una aventura a aquellos muchachos, y Federico, hacia quien sin duda yo procedí con torpeza, no hizo sino reír del episodio. Lo cuento para que se comprenda lo poco que pesaba la desviación sentimental del poeta.

Porque a mí me parece que, así como en sus poemas sobre Nueva York, García Lorca fustiga con saña la perversión viciosa, él fue una pura criatura humana. Su ternura se volcó de manera irregular por orden sagrada de la naturaleza, que él no podía desobedecer.

Durante la guerra la insurrección armada de las fuerzas reaccionarias terminó con la vida de aquel poeta feliz.

Pocas semanas después de su muerte, Rafael Rapín, protagonista de aquel extraño idilio, pagó también su tributo a la muerte.

Cayó en el fondo de Teruel. Estaba a cargo de una batería. La metralla del enemigo dio justo en su puesto de combate.

PABLO NERUDA

[Neruda escribió este texto pensando en incluirlo en sus memorias, pero temía que el público no estuviese “suficientemente desprovisto de prejuicios para admitir la homosexualidad de Federico sin menoscabar su prestigio”]. 


La persistente influencia de los árboles

En París, 1950, abrazando a Picasso durante la entrega del Premio Internacional de la Paz, que ese año ganaron tres Pablos: Picasso, Neruda y Robeson. Archivo de la Fundación Pablo Neruda.
La poesía debe ser orgánica en cada poeta, fluido de su sangre, pulso y palpitación de toda su persona. Es una materia de tal intimidad que no se presta al examen, y sin embargo debe afrontar tempestades.

Yo empecé a escribir muy joven. Tal vez no he hecho otra cosa buena o mala que escribir mis poemas. Tuve siempre una influencia persistente de los grandes árboles, de la salvaje naturaleza del sur de mi país, que es también el extremo sur del mundo. Es una comarca de gran soledad, apenas habitada y llueve gran parte del año. Escribí una poesía melancólica, derivada de aquel ambiente oscuro y desierto.

En aquellos tiempos tuve muchos amigos lejanos. Muchos de ellos venían de Rusia. Eran personajes, incidencias, intensos dolores, fuertes alegrías, todo el contenido extraordinario de una gran literatura que poblaba las soledades de mi adolescencia con vidas desgarradoras. Nunca olvidaré esas noches de lectura afiebrada en que los sentimientos del príncipe Muichkine o las peripecias de Tomás Gordeiev se mezclaban en mi corazón con el estrépito de las olas de los archipiélagos australes.

No creo que la poesía deba ser totalmente política. Los poetas deben tener los sentidos abiertos a todos los horizontes"
He escrito muchos versos de amor, muchos versos sobre la muerte y sobre la vida, he dedicado gran parte de mi poesía a las intensas, extraordinarias luchas de los pueblos americanos. Cada sitio del inmenso espacio del continente está marcado con sangre, con agonías, con victorias y dolores.No hay geografía en América, ni hay poesía de América si no se toma en cuenta el martirizado corazón del hombre americano. Rapaces explotadores llegaron de todas partes, como pájaros de presa, a todos los rincones, y alguien tiene que contar y que cantar esta historia.

Sin embargo no creo que la poesía deba ser totalmente política. Los poetas deben tener los sentidos abiertos a todos los horizontes. Estos horizontes pueden ser desconocidos. Algunos de los más grandes poemas han sido una especie de diálogo con la oscuridad. Dos de ellos: las Coplas de Jorge Manrique y la Elegíade Thomas Gray son toques de aldabón en las puertas cerradas de la Muerte. Esos golpes se siguen escuchando, y serán oídos mientras el hombre exista.

En mis poemas he querido hablar de las cosas más sencillas, más corrientes, y más primordiales. He hecho poemas sobre la madera, el aire, la piedra, el reloj, el mar, los tomates, la ciruela, la cebolla. Son poemas de alegría desbordante, en ellos he querido volver a cantar todo lo cantado, para que todo vuelva a vivir. Así como creí un deber del poeta revivir la trágica historia de la sangre y la explotación en América india, creí deber del poeta lavar y limpiar las cosas usuales, poner un mantel nuevo para todas las vidas.

Es extraño, pero no he sido bastante comprendido por aquellos que más debían comprender. Un periódico dirigido por jóvenes en una de las capitales del mundo me pidió con insistencia unas poesías. Les envié una sobre el maíz y otra sobre las ciruelas. Son dos poemas sencillos, con la claridad y la alegría de esta parte de mi obra. No los publicaron. No les gustaron. Sin embargo me dieron como un regalo extraordinario la sensación de que estos jóvenes eran tal vez más viejos que yo.

PABLO NERUDA

[Escrito originalmente para una edición de Odas elementales, en este inédito Neruda proclama sus principios poéticos, su afán de “hablar de las cosas más sencillas”].


El paisaje del Sur

Neruda en uno de sus escondites cuando vivió en la clandestinidad. Archivo de la Fundación Pablo Neruda.
Entre idas y venidas, amores fugaces y reprobables mi juventud fue tomando conciencia no solo de la tierra natural sino de los conflictos, dolores y depredaciones que se extendían entre las sementeras y los bosques. La conquista española fue en los reinos antiguos de México y en el Perú un hecho fulgurante, como un rayo maligno, los dos imperios indígenas ya carcomidos, divisionistas y parasitarios sucumbieron sin pena ni gloria frente a los barbudos invasores. En Chile fue diferente la historia.

La historia fue una larga masacre mutua que duró tres siglos. Los defensores indios y los conquistadores españoles se exterminaron mutuamente, sin embargo los soldados de la conquista y sus familias, aunque reducidos a la miseria por la guerra implacable, dejaron en la tierra un sistema de haciendas que persistiría inexplicablemente. La verdad es que solo el primer gobierno popular de Chile, es decir, el del presidente Salvador Allende, dividió los latifundios entre el año 1971 y estos meses de 1973 en que estoy escribiendo estas memorias. Está claro que las memorias son, en general, memoraciones personales. Pero de alguna manera mi país, con sus problemas, ha andado conmigo en todas partes. Aunque alguien en Europa, en Asia o en Estados Unidos pueda interesarse en mi poesía le parecerá tal vez que Chile, este país largo y delgadísimo como un planetoide, es apenas visible desde el cielo en la geografía del mundo. No ha sido así para mí. Los chilenos venimos en parte de un extraño linaje.

Entre amores fugaces y reprobables mi juventud fue tomando conciencia no solo de la tierra natural sino de los conflictos"
En el resto de América los mestizos descienden de indias violadas por la soldadesca ibérica. Nosotros, los chilenos, descendemos también del rapto de las mujeres españolas por los guerreros de Arauco. Durante estos siglos de la más larga guerra patria, los indios chilenos, tan implacables como los españoles, no dejaban en las ciudades o fortalezas arrasadas por ellos, un solo español con vida. Pero curiosamente, nunca mataron a una mujer. No sé a qué se debe esta costumbre de su guerra, los araucanos cuya sangre también heredé siguen siendo para mí tan misteriosos, remotos y ensimismados como aquellos que desde el siglo XVI aparecieron semidesnudos y provistos de flechas primitivas, oponiéndose a los invencibles conquistadores.

Las cautivas españolas dieron hijos a sus raptores indios, estos son los chilenos. Venimos de bien extrañas circunstancias. Cuando desde 1810, expulsada la monarquía hispánica, Chile tuvo gobierno nacional, mis compatriotas recién llegados, se sintieron cómodos dentro del anacrónico sistema. Se inventaron títulos, se designaron a sí mismos nobles y mayorazgos, y siguieron viviendo del trabajo ajeno. Para extenderse continuaron también matando indios. A esta etapa sangrienta de Chile independiente, la historia burguesa la denomina con repulsiva hipocresía: “Pacificación de la Araucanía”.

Los pacificadores arrasaron militarmente con los araucanos y sus posesiones. Luego de establecidos en las tierras vírgenes se armaron de códigos, de jueces, de abogados y de policías. Así, a bala y a palos en la cabeza, los criollos se establecieron en estas. Eran tierras sangrientas estas por donde yo paseaba a caballo. La gente esforzada como los Hernández, metidos en las montañas con sus trilladoras, eran como los primeros soldados de una nueva guerrilla. Después llegaban los indiferentes propietarios. La oligarquía santiaguina, que ya había devorado las extensas provincias del vino, se ensanchó por todo el sur. Se dividió la vida entre algunos escasos señores agrícolas y una impresionante multitud de campesinos pobres, tan chilenos como los nuevos propietarios, pero desnutridos, descalzos, ignorantes y harapientos. Esta ha sido la organización social en la que creció mi juventud; consumidos por el amor y la melancolía, íbamos aprendiendo con espanto la historia oculta del país.

Comencé a buscar gente que me contara el pasado, el presente y afiebradamente busqué los libros que pudieran relatarme la verdad.

Conocí la existencia de un pequeño libro heroico que contaba las atrocidades cometidas durante esos mismos años. Se titulaba La Patagonia trágica y solo treinta y cinco años después pude obtener un ejemplar del perseguido documento.

Ahí estaba la historia descarnada que borró de la tierra a los últimos hombres onas. Esta gente pastoril era la única que sobre el planeta conservaba los usos y costumbres de la edad de piedra. Pero estos títulos no asustan a nadie. Eran pobres tribus pescadoras que sobrevivían sobre la tierra más dura del mundo entero. Pero no sobrevivieron a los Menéndez, a los Montes. Estos consideraron que para la crianza de sus ovejas era peligroso tener como vecinos a estos escuálidos patagones y los buscaron hombre a hombre y asesinaron mujer por mujer y niño por niño.

PABLO NERUDA

[Escrito para las memorias, este es uno de los inéditos más valiosos del libro pues en él “aborda un tema que es muy relevante en estos momentos, el de los abusos que se cometieron contra los pueblos originarios”, según Darío Oses].