La levedad del ser

La levedad del ser

lunes, 20 de noviembre de 2017

‘El cuento de la criada’, de Margaret Atwood

Margaret Eleanor Atwood es una prolífica poeta, novelista, crítica literaria, profesora y activista política canadiense. Wikipedia
Fecha de nacimiento18 de noviembre de 1939 (edad 78), Ottawa, Canadá
PremiosPremio BookerMÁS

‘El cuento de la criada’, de Margaret Atwood

El cuento de la criada - Margaret Atwood

Como suele suceder con algunos autores que sólo consiguen salir de los círculos minoritarios gracias a la concesión de galardones mediáticos, conocí la obra de la canadiense Margaret Atwood (Ottawa, 1939) a raíz de la concesión del Premio Príncipe de Asturias a las Letras en 2008. Se trata de una escritora con una obra variada y lúcida, comprometida con la posición social e individual de la mujer, y entre la que destaca su célebre novela El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale, 1985). Con ella me acerqué a su literatura y a su lectura le siguió la de otras novelas como La mujer comestible (The Edible Woman, 1969), Resurgir (Surfacing, 1972) o El asesino ciego (The Blind Assassin, 2000).
Hace unas semanas me acerqué de nuevo a El cuento de la criada. Recordaba haber disfrutado del libro y de la historia, y me apetecía volver a sus páginas. Su relectura me ha confirmado que hay novelas que ganan con las revisiones.
La historia de El cuento de la criada se centra en una espeluznante distopía en la que se narra, a través de una voz femenina en primera persona, un futuro en el que, tras unas guerras con armas nucleares, los Estados Unidos se han transformado en la república de Gilead, una suerte de teocracia basada en el puritanismo y en la interpretación extrema del Antiguo Testamento en el que la sociedad se estructura y organiza de manera patriarcal y arcaica.
Margaret Atwood, autora de El cuento de la criada
La narradora, Defred, nos relata su historia mediante continuos flashbacks en forma de recuerdos mientras reconstruye su presente en la república de Gilead, que ha relegado a las mujeres a unos pocos papeles: esposa, madre y ama de casa. Papeles que los hombres de la oligarquía que domina este estado han decidido que deben ser los que interpreten las mujeres. La sociedad de la república de Gilead, controlada por Ojos y vigilada por Ángeles, está dirigida por una élite política compuesta por los llamados Comandantes. Sometidas a éstos se encuentran las Esposas, asistidas por las Marthas, mujeres encargadas de las labores de la casa. Por último, las Criadas, mujeres cubiertas con hábitos rojos que no tienen ningún control sobre su cuerpo, y cuya única misión es engendrar a los hijos de los Comandantes. A esta categoría pertenece la narradora, que va desgranando su historia y la de la sociedad en la que vive con cierta nostalgia y resignación. Las criadas están sometidas en todos los aspectos y ni siquiera son madres ya que al dar a luz a los hijos de los Comandantes éstos son criados por las Esposas. Sólo son un cuerpo que debe preservarse oculto, un vientre para asegurar la descendencia de la oligarquía.
Margaret Atwood, a través de la historia de Defred y de sus recuerdos de antes de la instauración de la república de Gilead, hace hincapié en todo aquello que se puede arrebatar a las mujeres: trabajo, posición social, pensamientos, capacidad crítica, sexo, libertad… Las ideas son peligrosas para el Estado totalitario que imagina Atwood, como  lo eran los sueños en El Palacio de los Sueños de Ismail Kadaré. Por esta razón las mujeres son educadas en Centros que trabajan directamente para destruir la conciencia individual de las Criadas. Las Criadas han perdido todo, incluso el nombre. Son propiedad de los hombres, por eso reciben nombres como Defred (que pertenece a Fred) o Deglen.
En un mundo donde la procreación es sagrada y la concepción limitada, El cuento de la criada va esbozando una historia espeluznante y oscura. El totalitarismo que recrea Atwood es extremo, pero su denuncia del control de las mujeres(especialmente en lo que se refiere a su capacidad de ser libres, de decidir sobre su vida y sobre su función reproductora) es tan actual que no deja de ser inquietante. La escritora canadiense no es sutil en su denuncia feminista. No le hace falta. El miedo a las mujeres y a su sexualidad no es algo del futuro. Atwood lleva al extremo situaciones que ya están sucediendo, lo que hace de la lectura de esta novela algo necesario.
La distopía de Atwood está trazada con una cierta sequedad y análisis minucioso, vertebrando una narración de textura ásperadonde las observaciones de la protagonista se tiñen de una cierta frialdad. Estamos ante un libro magnífico cuya lectura es mucho más que recomendable. Tan sólo el cierre del libro, que actúa como válvula de escape a la tensión narrativa y que se basa en el manido recurso del “manuscrito encontrado”, resta un poco de intensidad a la novela. No obstante, el resultado global es casi redondo.
Ficha bibliográfica
Margaret Atwood, El cuento de la criada (trad. Elsa Mateo), Barcelona, Bruguera, 2008, 477 páginas.
La imagen de Margaret Atwood la he extraído de brainpickings.org.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Pablo Neruda inédito( EL CULTURAL)

Pablo Neruda inédito

El 14 de septiembre de 1973 Pablo Neruda dictó a Matilde Urrutia, su mujer, el último capítulo de sus inacabadas memorias, Confieso que he vivido. Más de 40 años después, la Fundación Pablo Neruda ha incorporado una gavilla de textos inéditos al volumen, que lanza la semana que viene Seix Barral en España. El Cultural publica cuatro de estos inéditos, junto a sendos artículos de Luis María Anson y de Jorge Edwards, amigos y confidentes del poeta chileno. Darío Oses, director de la biblioteca de la Fundación y responsable de esta edición, explica que se han añadido un centenar de páginas inéditas que “completan algún relato o algún tema del libro o que tenían alguna marca que indicaba que podían haber sido escritos para ser incluidos en las memorias”. Porque, como escribió el propio Neruda, el poeta chileno jamás renunció a atesorar todo lo sentido, vivido, luchado “para seguir escribiendo el largo poema cíclico que aún no he terminado, porque lo terminará mi última palabra en el final instante de mi vida”.


 | 10/11/2017 |  Edición impresa


Junto a Matilde Urrutia, en las escaleras de su casa La Chascona, en Santiago de Chile, cuando esta se encontraba en construcción, en 1953. Archivo de la Fundación Pablo Neruda

El vagabundo de Valparaíso

Valparaíso está muy cerca de Santiago y parecen separarlas solo nuestras hirsutas montañas en cuyas cimas se levantan, como obeliscos, gigantescos cactus hostiles y floridos.

Pero la verdad es que algo infinitamente indefinible separa a Valparaíso de Santiago, capital de Chile. Santiago es una ciudad prisionera, cerrada por sus muros de nieve. Valparaíso abre sus puertas al infinito mar, a los gritos de las calles, a los ojos de los niños: todo es allí diferente. En el punto más desordenado de mi juventud nos metíamos de pronto en un tren, siempre de madrugada, siempre sin haber dormido, siempre en un vagón de tercera clase, sin un centavo en los bolsillos, dirigidos por la estrella de Valparaíso. Éramos poetas o pintores de poco más o menos veinte años y entre aquellos cuatro o cinco viajeros reuníamos una valiosa carga de locura irreflexiva que quería emplearse, extenderse, estallar. Valparaíso nos llamaba con su pulso magnético.

Solo muchos años después he sentido desde otra ciudad ese mismo llamado inexplicable. Fue durante mis años de Madrid. De pronto en una cervecería, saliendo de un teatro en la noche o simplemente andando por la calle, oía la voz de Toledo que me llamaba, la muda voz de sus fantasmas, de su silencio. Y a esas altas horas, con mis amigos tan locos como los de mi juventud, nos largábamos hacia la antigua ciudadela calcinada y torcida. Otra vez visitantes sin dinero y sin ningún conocido, dormíamos ahora vestidos sobre las arenas del Tajo, bajo los puentes de piedra.

No sé por qué entre mis viajes fantasiosos a Valparaíso uno se me ha quedado grabado, impregnado por el aroma de hierbas arrancadas a la intimidad de los campos. Contaré la historia.

Se oía un silencio de altura, de cumbres solitarias: solo algunos ladridos de perros astrales cruzaban la noche"
Íbamos a despedir a un poeta y a un pintor que tal vez viajarían a Francia en una posibilidad de tercera clase de la P.S.N.C. (Pacific Steam Navegation Company) surto en la bahía. Allí estaba el navío lleno de luces y fumándose su gruesa chimenea: no había duda de que partiría. Como entre todos no teníamos para pagar ni el hotel más ratonil, buscamos a Novoa, uno de nuestros locos favoritos del gran Valparaíso. Sabíamos que él no desteñía y su casa en los cerros estaba siempre abierta de par en par a la locura. Era tarde en la noche cuando emprendimos la marcha. No era tan simple. Subiendo y resbalando interminablemente colinas y colinas hasta el infinito en la oscuridad veíamos imperturbable la silueta de Novoa que nos guiaba. Era un hombre grandísimo, de gruesos bigotazos y barba. Los faldones de su vestimenta oscura eran como alas en las cimas desconocidas de aquella cordillera que subíamos ciegos y abrumados.

Él no dejaba de hablar. Era un santo loco a quien solo nosotros los poetas habríamos canonizado. No daba importancia a esta consagración sino a las secretas relaciones, que solo él sabía, entre la salud corporal y los dones naturales de la tierra. Era, naturalmente, un naturista. Era un vegetariano vegetal, y él, sin dejar de predicarnos mientras marchaba, con voz tonante, hacia atrás, como si fuéramos sus discípulos, avanzaba imponente, tal como un san Cristóbal de los nocturnos, solitarios suburbios.

Por fin llegamos a su casa, que resultó ser una cabaña de dos habitaciones. Una de ellas la ocupaba la cama de nuestro san Cristóbal, la otra estancia la llenaba en gran parte un inmenso sillón de mimbre, obra maestra del siglo victoriano, profusamente entrecruzado por inútiles rosetones de paja y extraños cajoncitos adosados a sus brazos.

Fui designado para ocupar el gran sillón para dormir aquella noche. Mis amigos extendieron en el suelo los diarios de la tarde y se acostaron parsimoniosamente sobre las noticias de la época. Pronto supe, por sus respiraciones y ronquidos, que ya dormían todos. A mí me era difícil dormir sentado en aquel mueble monumental. El cansancio me mantuvo insomne.

Se oía un silencio de altura, de cumbres solitarias: solo algunos ladridos de perros astrales cruzaban la noche, solo algún pitazo lejanísimo de navío que entraba o que salía me confirmaba la noche de Valparaíso.

De pronto sentí una influencia extraña y arrobadora que me invadía. Era una fragancia montañosa a pradera, a vegetaciones que habían crecido con mi infancia y que yo había olvidado en el despeñado fragor de la ciudadanía. Me sentí reconciliado con el sueño, envuelto por la tierra maternal.

Pero, de dónde podía venir aquella palpitación silvestre de la tierra? Estaba impregnándome, se apoderaba de mis sentidos un olor invasor compuesto por una purísima virginidad de aromas. En la oscuridad palpé hacia la armazón de mimbre de mi sillón colosal.

Metiendo los dedos entre sus vericuetos descubrí al tacto innumerables cajoncillos. Y en ellos, sin ver en la oscuridad, con mis manos toqué plantas secas y lisas, ramos ásperos, espinosos, redondos, hojas lanceoladas, tiernas o férreas. Todo un arsenal de la salud de nuestro anfitrión vegetariano, de una vida recogiendo malezas con sus grandes brazos de san Cristóbal abundante y andarín.

Revelado el misterio, me fue fácil dormir entre aquellas hierbas guardianas.

Hoy, en la mañana de este mes de agosto de 1973 en Isla Negra, al recordarlo, compruebo que todos mis amigos de aquella noche extraña y aromática ya se fueron a la muerte cumpliendo cada uno su trágico o tranquilo destino.

PABLO NERUDA

[Este texto, en el que el poeta evoca sus vagabundeos juveniles por Valparaíso, fue escrito para las memorias, pero ahora se ofrece una nueva versión, fiel al original mecanografiado con correcciones manuscritas de Neruda]. 


El último amor del poeta Federico

Lorca y Neruda en Buenos Aires en 1933. Archivo Fundación García Lorca
Al llegar a Madrid en el año 1934, conocí a todos los amigos de García Lorca y de Alberti. Eran muchos y a los pocos días yo era uno más entre los poetas españoles. Naturalmente que españoles y americanos somos muy diferentes, y eso se lleva siempre con orgullo o con error por unos y por otros.

Yo encontré que los españoles de mi generación eran mucho más fraternales y solidarios que mis compañeros de América. Al mismo tiempo comprobé que nosotros éramos más universales, más metidos en otros lenguajes y en otras culturas. Eran muy pocos entre ellos los que hablaban idiomas. Cuando vinieron Desnos y Crevel a Madrid yo tenía que traducirles para que se entendieran. Federico no sabía decir ni cuatro palabras en francés. Naturalmente que había excepciones: Alberti, Guillén, Salinas habían viajado y el mundo era más extenso para ellos. Los españoles, por lo general, me parecieron provincianos de Europa. Esto me gustó mucho desde el principio. Más tarde he comprendido que la fuerza principal de España, su razón o sinrazón espiritual, es su limitación terrenal y tal vez también su tragedia.

En el círculo de amigos de Federico, que frecuenté cada día durante los años de mi vida en España, casi no había homosexuales. Tal vez Federico, que era vistoso como un gran torero, tenía sus amoríos en otra parte. Más tarde, en la tertulia nuestra, estuvo siempre acompañado por un muchachón muy recio, varonil y bien plantado. Poco a poco me fui dando cuenta de que era este muchacho el persistente amor de Federico, su último amor. Se llamaba Rafael Rapín [Rafael Rodríguez Rapún]. Era de origen obrero. Tímido, de pelo largo, rizado, no muy alto de cuerpo ni muy delgado, tenía esa sencillez popular española y una completa normalidad varonil. Me pareció que él y otros chicos que llegaban con él al café eran más bien desamparados sexuales, y así un día, como un buen papá, llevé a dos o tres, entre ellos el amigo de Federico, a un burdel cercano a la cervecería donde nos reuníamos. A mí, como americano precoz, me parecía inverosímil que esos muchachos no hubieran conocido mujer.

Federico, que era vistoso como un gran torero, tenía sus amoríos en otra parte. El hambre sexual de España era rabiosa"
El hambre sexual de España era rabiosa. Una tarde que pasábamos por los suburbios hacia la Bombilla, clásico barrio popular de esparcimiento, bajábamos y bajábamos hacia el Manzanares por un camino polvoriento, cercado por tapias blancas que se prolongaban por kilómetros a cada lado. Me llamó la atención que los muros blancos de cal estuvieran en toda su extensión ennegrecidas de grafiti, al punto que oscurecían los interminables muros blancos.

Me bajé del coche para examinar las curiosas inscripciones. Pero en verdad todas tenían la misma fórmula con torpes letras de todas las dimensiones: “Por aquí pasó Pepe con ganas de joder!!”, “El día 3 de julio pasamos por este lugar P.S. y R. con ganas de joder!!”.

Ese erotismo hidrófobo formó parte de España, de su clausura, de su silencio, de su férrea armadura. Esto me resultaba escandaloso. Yo, casi impúber, anduve ya entre camas y cuerpos de mujeres. Aunque también la América española se aguantó la imposición de la castidad colonial, todo el mundo se las arregló para burlarla. Yo no di importancia al haber llevado a una aventura a aquellos muchachos, y Federico, hacia quien sin duda yo procedí con torpeza, no hizo sino reír del episodio. Lo cuento para que se comprenda lo poco que pesaba la desviación sentimental del poeta.

Porque a mí me parece que, así como en sus poemas sobre Nueva York, García Lorca fustiga con saña la perversión viciosa, él fue una pura criatura humana. Su ternura se volcó de manera irregular por orden sagrada de la naturaleza, que él no podía desobedecer.

Durante la guerra la insurrección armada de las fuerzas reaccionarias terminó con la vida de aquel poeta feliz.

Pocas semanas después de su muerte, Rafael Rapín, protagonista de aquel extraño idilio, pagó también su tributo a la muerte.

Cayó en el fondo de Teruel. Estaba a cargo de una batería. La metralla del enemigo dio justo en su puesto de combate.

PABLO NERUDA

[Neruda escribió este texto pensando en incluirlo en sus memorias, pero temía que el público no estuviese “suficientemente desprovisto de prejuicios para admitir la homosexualidad de Federico sin menoscabar su prestigio”]. 


La persistente influencia de los árboles

En París, 1950, abrazando a Picasso durante la entrega del Premio Internacional de la Paz, que ese año ganaron tres Pablos: Picasso, Neruda y Robeson. Archivo de la Fundación Pablo Neruda.
La poesía debe ser orgánica en cada poeta, fluido de su sangre, pulso y palpitación de toda su persona. Es una materia de tal intimidad que no se presta al examen, y sin embargo debe afrontar tempestades.

Yo empecé a escribir muy joven. Tal vez no he hecho otra cosa buena o mala que escribir mis poemas. Tuve siempre una influencia persistente de los grandes árboles, de la salvaje naturaleza del sur de mi país, que es también el extremo sur del mundo. Es una comarca de gran soledad, apenas habitada y llueve gran parte del año. Escribí una poesía melancólica, derivada de aquel ambiente oscuro y desierto.

En aquellos tiempos tuve muchos amigos lejanos. Muchos de ellos venían de Rusia. Eran personajes, incidencias, intensos dolores, fuertes alegrías, todo el contenido extraordinario de una gran literatura que poblaba las soledades de mi adolescencia con vidas desgarradoras. Nunca olvidaré esas noches de lectura afiebrada en que los sentimientos del príncipe Muichkine o las peripecias de Tomás Gordeiev se mezclaban en mi corazón con el estrépito de las olas de los archipiélagos australes.

No creo que la poesía deba ser totalmente política. Los poetas deben tener los sentidos abiertos a todos los horizontes"
He escrito muchos versos de amor, muchos versos sobre la muerte y sobre la vida, he dedicado gran parte de mi poesía a las intensas, extraordinarias luchas de los pueblos americanos. Cada sitio del inmenso espacio del continente está marcado con sangre, con agonías, con victorias y dolores.No hay geografía en América, ni hay poesía de América si no se toma en cuenta el martirizado corazón del hombre americano. Rapaces explotadores llegaron de todas partes, como pájaros de presa, a todos los rincones, y alguien tiene que contar y que cantar esta historia.

Sin embargo no creo que la poesía deba ser totalmente política. Los poetas deben tener los sentidos abiertos a todos los horizontes. Estos horizontes pueden ser desconocidos. Algunos de los más grandes poemas han sido una especie de diálogo con la oscuridad. Dos de ellos: las Coplas de Jorge Manrique y la Elegíade Thomas Gray son toques de aldabón en las puertas cerradas de la Muerte. Esos golpes se siguen escuchando, y serán oídos mientras el hombre exista.

En mis poemas he querido hablar de las cosas más sencillas, más corrientes, y más primordiales. He hecho poemas sobre la madera, el aire, la piedra, el reloj, el mar, los tomates, la ciruela, la cebolla. Son poemas de alegría desbordante, en ellos he querido volver a cantar todo lo cantado, para que todo vuelva a vivir. Así como creí un deber del poeta revivir la trágica historia de la sangre y la explotación en América india, creí deber del poeta lavar y limpiar las cosas usuales, poner un mantel nuevo para todas las vidas.

Es extraño, pero no he sido bastante comprendido por aquellos que más debían comprender. Un periódico dirigido por jóvenes en una de las capitales del mundo me pidió con insistencia unas poesías. Les envié una sobre el maíz y otra sobre las ciruelas. Son dos poemas sencillos, con la claridad y la alegría de esta parte de mi obra. No los publicaron. No les gustaron. Sin embargo me dieron como un regalo extraordinario la sensación de que estos jóvenes eran tal vez más viejos que yo.

PABLO NERUDA

[Escrito originalmente para una edición de Odas elementales, en este inédito Neruda proclama sus principios poéticos, su afán de “hablar de las cosas más sencillas”].


El paisaje del Sur

Neruda en uno de sus escondites cuando vivió en la clandestinidad. Archivo de la Fundación Pablo Neruda.
Entre idas y venidas, amores fugaces y reprobables mi juventud fue tomando conciencia no solo de la tierra natural sino de los conflictos, dolores y depredaciones que se extendían entre las sementeras y los bosques. La conquista española fue en los reinos antiguos de México y en el Perú un hecho fulgurante, como un rayo maligno, los dos imperios indígenas ya carcomidos, divisionistas y parasitarios sucumbieron sin pena ni gloria frente a los barbudos invasores. En Chile fue diferente la historia.

La historia fue una larga masacre mutua que duró tres siglos. Los defensores indios y los conquistadores españoles se exterminaron mutuamente, sin embargo los soldados de la conquista y sus familias, aunque reducidos a la miseria por la guerra implacable, dejaron en la tierra un sistema de haciendas que persistiría inexplicablemente. La verdad es que solo el primer gobierno popular de Chile, es decir, el del presidente Salvador Allende, dividió los latifundios entre el año 1971 y estos meses de 1973 en que estoy escribiendo estas memorias. Está claro que las memorias son, en general, memoraciones personales. Pero de alguna manera mi país, con sus problemas, ha andado conmigo en todas partes. Aunque alguien en Europa, en Asia o en Estados Unidos pueda interesarse en mi poesía le parecerá tal vez que Chile, este país largo y delgadísimo como un planetoide, es apenas visible desde el cielo en la geografía del mundo. No ha sido así para mí. Los chilenos venimos en parte de un extraño linaje.

Entre amores fugaces y reprobables mi juventud fue tomando conciencia no solo de la tierra natural sino de los conflictos"
En el resto de América los mestizos descienden de indias violadas por la soldadesca ibérica. Nosotros, los chilenos, descendemos también del rapto de las mujeres españolas por los guerreros de Arauco. Durante estos siglos de la más larga guerra patria, los indios chilenos, tan implacables como los españoles, no dejaban en las ciudades o fortalezas arrasadas por ellos, un solo español con vida. Pero curiosamente, nunca mataron a una mujer. No sé a qué se debe esta costumbre de su guerra, los araucanos cuya sangre también heredé siguen siendo para mí tan misteriosos, remotos y ensimismados como aquellos que desde el siglo XVI aparecieron semidesnudos y provistos de flechas primitivas, oponiéndose a los invencibles conquistadores.

Las cautivas españolas dieron hijos a sus raptores indios, estos son los chilenos. Venimos de bien extrañas circunstancias. Cuando desde 1810, expulsada la monarquía hispánica, Chile tuvo gobierno nacional, mis compatriotas recién llegados, se sintieron cómodos dentro del anacrónico sistema. Se inventaron títulos, se designaron a sí mismos nobles y mayorazgos, y siguieron viviendo del trabajo ajeno. Para extenderse continuaron también matando indios. A esta etapa sangrienta de Chile independiente, la historia burguesa la denomina con repulsiva hipocresía: “Pacificación de la Araucanía”.

Los pacificadores arrasaron militarmente con los araucanos y sus posesiones. Luego de establecidos en las tierras vírgenes se armaron de códigos, de jueces, de abogados y de policías. Así, a bala y a palos en la cabeza, los criollos se establecieron en estas. Eran tierras sangrientas estas por donde yo paseaba a caballo. La gente esforzada como los Hernández, metidos en las montañas con sus trilladoras, eran como los primeros soldados de una nueva guerrilla. Después llegaban los indiferentes propietarios. La oligarquía santiaguina, que ya había devorado las extensas provincias del vino, se ensanchó por todo el sur. Se dividió la vida entre algunos escasos señores agrícolas y una impresionante multitud de campesinos pobres, tan chilenos como los nuevos propietarios, pero desnutridos, descalzos, ignorantes y harapientos. Esta ha sido la organización social en la que creció mi juventud; consumidos por el amor y la melancolía, íbamos aprendiendo con espanto la historia oculta del país.

Comencé a buscar gente que me contara el pasado, el presente y afiebradamente busqué los libros que pudieran relatarme la verdad.

Conocí la existencia de un pequeño libro heroico que contaba las atrocidades cometidas durante esos mismos años. Se titulaba La Patagonia trágica y solo treinta y cinco años después pude obtener un ejemplar del perseguido documento.

Ahí estaba la historia descarnada que borró de la tierra a los últimos hombres onas. Esta gente pastoril era la única que sobre el planeta conservaba los usos y costumbres de la edad de piedra. Pero estos títulos no asustan a nadie. Eran pobres tribus pescadoras que sobrevivían sobre la tierra más dura del mundo entero. Pero no sobrevivieron a los Menéndez, a los Montes. Estos consideraron que para la crianza de sus ovejas era peligroso tener como vecinos a estos escuálidos patagones y los buscaron hombre a hombre y asesinaron mujer por mujer y niño por niño.

PABLO NERUDA

[Escrito para las memorias, este es uno de los inéditos más valiosos del libro pues en él “aborda un tema que es muy relevante en estos momentos, el de los abusos que se cometieron contra los pueblos originarios”, según Darío Oses].


sábado, 21 de octubre de 2017

Babelia - El País - Publicaciones

Babelia - El País - PublicacionesSin Faulkner o sin García Márquez sería difícil explicar la obra de Blai Bonet o de Jesús Moncada" Por Carme Riera - escritora página oficial



Los escritores Terenci Moix y Carme Riera, en 2001.
Los escritores Terenci Moix y Carme Riera, en 2001. ARDUINO VANNUCCHI

Cuando en la Europa decimonónica la literatura era considerada un elemento identitario en el que encontrar aspectos de cohesión nacional, el hispanista francés Albert Savane afirmaba en 1884 que la literatura catalana no era esencialmente diferente de la castellana, algo que en absoluto habría de gustar al incipiente nacionalismo catalán.
Años más tarde, un crítico de la talla de Yxart, estudioso de ambas literaturas, sostendría que el carácter de la literatura catalana difiere de la castellana. La primera, aseguraba, tiende al naturalismo frente al idealismo de la segunda. El hispanista alemán Horst Hina, en su brillante estudio Castilla y Cataluña en el debate cultural, al analizar la obra de Yxart muestra que este se basa en el hecho de que la literatura catalana carece de una fuerte tradición retórica, no usa juegos de palabras, no tiene un componente intelectualista ni tiende a la abstracción. Por el contrario, mantiene una relación directa con la realidad. Está claro que Yxart, al expresar tales juicios, piensa solo en la novela de Oller y en el teatro naturalista y no en la literatura medieval catalana ni, por supuesto, en la fuerte tradición realista de la literatura castellana, que con la novela picaresca se adelanta al naturalismo, como ya vio doña Emilia Pardo Bazán de manera certera en su famosísima La cuestión palpitante.
Yxart, por tanto, tiene razón solo en parte, en la parte que atañe al hecho de que el naturalismo catalán y en cierto modo también el simbolismo catalán están más cerca de las corrientes literarias europeas que imperan entonces. Yxart, siguiendo las mismas pautas que en política siguen Valentí Almirall y Pompeu Gener, considera que en España, solo Cataluña estaría a la altura del espíritu de la época.
Hoy las opiniones de Rubén Darío serían muy distintas. Madrid es una ciudad bella, cosmopolita y abierta que poco o nada tiene que envidiar a Barcelona, y España, tras muchos siglos de retraso, está a la altura de Europa y es una nación democrática, moderna e industrializada, aunque paradójicamente sea el problema catalán lo que tal vez nos haga perder el cuarto puesto dentro del escalafón europeo como potencia económica.Hoy a ningún escritor y menos todavía a los críticos catalanes les preocupa averiguar si la literatura escrita en lengua catalana es distinta de la castellana o cuáles son los rasgos diferenciales de ambas. Entre otras cosas, porque se trata de dos literaturas que han recibido ya desde hace por lo menos cuatro décadas las mismas influencias europeas y sobre todo americanas. Sin Faulkner o sin García Márquez sería difícil explicar la obra de Blai Bonet o de Jesús Moncada, por poner solo dos Ejemplos cercanos e incontestables
No obstante, ambas literaturas tienen un mismo gravísimo reto al que enfrentarse: la falta de lectores. La casi total desaparición de ambas literaturas del bachillerato y el hecho de que no estén presentes en las pruebas de acceso a la universidad motivan el desconocimiento de una materia que algunos cortos de entendederas sostienen que no sirve para nada. Estos contravienen a Octavio Paz, que asegura que la poesía sirve para recordar lo que somos, la literatura, varío yo, sin distinción de lenguas.

viernes, 20 de octubre de 2017

VIVIR EN LA PATAGONIA


LO MÁS BELLO, sus paisajes, su misterio, la vida de los que han venido a habitar la Patagonia. Pero nadie dijo que ha sido fácil, enfrentar su clima, la distancia a los mejores centros de salud y cultura, en épocas que no teníamos gas(a pesar que somos los primeros productores del país, Neuquén)Aquí he aprendido a hachar leña, a cocinar en salamandra, a ir a dar clases en bicicleta(nevando y lloviendo), pasar frío, creer que viviamos en un iglú ante la nevada congelada, en terrenos congelados gran parte del año al que dominaba tundra(como los de Siberia). En épocas de la posible guerra con Chile pasar las angustias más terribles ante la preparación de la misma con simulacros de guerra y la soledad y la distancia de la familia amada. Pero hemos luchado y seguimos aquí, junto a los volcanes y los sismos, cerca de la subducción en el Pacífico de la placa americana de la del océano( En el caso de las placas de Nazca y Sudamérica en Chile, la placa oceánica de Nazca, más densa que la placa continental de Sudamérica, penetra bajo el continente, formando una zona de subducción). Tuve alumnos mapuches a los que amo y conviven pacíficamente( también protestan cuando algo los invade pero están legalmente en sus tierras) y me da mucha tristeza que desde CABA( LA QUE TIENE EL MÁS ALTO PREPUESTO DEL PAÍS PARA GASTAR HASTA CADA RATO PARA HACER ENCUESTAS) NO RESPETEN A LOS PUEBLOS QUE YA HABITABAN ESTAS TIERRAS Y SUS ANTEPASADOS IGNORABAN LO QUE ERAN LAS FRONTERAS.¡ CUÁNTO ODIO E IGNORANCIA! A LOS COMUNICADORES SOCIALES LES FALTA UN SIGLO DE CULTURA POR LO MENOS, NO CONOCEN SU PROPIA PATRIA. BUENO DEBÍA DESAHOGARME . ME HARTÓ TANTA MALDAD E IGNORANCIA.-

miércoles, 27 de septiembre de 2017

REVOLUCIÓN Slawomir Mrozek (Polonia, 1930-2013)


Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.
Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.
La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida.
Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedo más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo... Ah, si no fuera por ese «cierto tiempo». Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario.
Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.
Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.
Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez «cierto tiempo» también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio—es decir, el cambio seguía siendo un cambio—, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.
De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama.
Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.
Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.
Elsa Botaje
23 de septiembre a las 20:16

Slawomir Mrozek
   (Polonia, 1930-2013)
Mrozek
  Escritor, dramaturgo y dibujante de cómics polaco nacido en Borzecin. Estudió arquitectura, historia del arte y cultura oriental. Antes de darse a conocer como escritor, obtuvo cierto éxito como periodista y dibujante satírico. A partir de 1957, su carrera literaria se desdobla en dos facetas, la de autor dramático, que le ha merecido un reconocimiento universal y un extraordinario éxito popular, y la de narrador. Entre sus libros destacan Juego de azar (2001), La vida difícil (2002), Dos cartas (2003), El árbol (2003), El pequeño verano (2004), La mosca (2005), Huida hacia el sur (2008) y El elefante(2010). Slawomir Mrozek, que vivió varios años en México, murió a los 83 años en la ciudad francesa de Niza.  © Acantilado

domingo, 27 de agosto de 2017

LAS MANZANAS DE ORO DEL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES



“Lejos, en una región distante, crecía el árbol sagrado, el árbol de la sabiduría, y en él crecían las manzanas de oro de las Hespérides. La fama de estas frutas había llegado a tierras distantes, y todos los hijos de los hombres que se sabía, asimismo, que eran hijos de Dios, las deseaban.
Hércules, también sabía de esas frutas, y cuando el Maestro le dio la orden de buscarlas, Hércules le preguntó el Camino que debía seguir para hallar el árbol sagrado y poder recoger las manzanas. “Dime el camino, oh! Maestro de mi Alma. Yo busco las Manzanas y las necesito rapidamente para mi provecho. ¡Muéstrame el camino más rápido y yo iré!”
“No es así, hijo mío, -replicó el Maestro-, el camino es largo. Sólo dos cosas te confiaré, y luego a ti te corresponderá probar la verdad de lo que te digo.
La primera es que recuerdes que el Árbol Sagrado está bien custodiado. Tres hermosas doncellas protegen bien su fruto. Un dragón de cien cabezas protege bien a las doncellas y al árbol. ¡Guárdate bien de los esfuerzos desmesurados!, ¡guárdate bien de los engaños demasiado sutiles para tu comprensión! Vigila bien.
La segunda es que tu búsqueda te llevará donde te encontrarás con cinco grandes pruebas en el camino. Cada una te proporcionará el ámbito para la sabiduría, la comprensión, la destreza y la oportunidad. Vigila bien.
Me temo que fracasarás en reconocer estos puntos en el Camino. Pero sólo el tiempo lo mostrará. Dios viaja contigo, te acompaña en tu búsqueda”.
Hércules salió al Camino seguro de su Sabiduría y de su Fuerza, ya que pretendía el éxito y no el fracaso. Al salir del portal se fue directo hacia el Norte, luego anduvo por toda la tierra, pero no encontró el Árbol Sagrado. A todos quienes encontraba a su paso les preguntaba, pero nadie conocía el lugar. Triste y desanimado Hércules seguía buscando, no obstante, por doquier.
El Maestro, vigilando desde lejos, envió a Nereo por si podía ayudar. Se dirigía a Hércules con diferentes palabras de verdad, pero éste no respondía porque no le reconocía como mensajero de nadie. Aunque hábil con la palabra, Nereo fracasó porque Hércules no le reconoció.“La Primera de la Cinco Pruebas ha pasado –dijo el Maestro-, y Hércules ha fracasado. ¡Que prosiga su búsqueda!”.
Así fue, y esta vez, Anteo, la serpiente, le venció en el Camino. “¿Cómo puede ser? –dijo Hércules-, ¡¡si yo maté a una serpiente cuando estaba en la cuna!!, con mis propias manos la estrangulé… ¿cuál es mi error?
Entonces Hércules agarró a Anteo con ambas manos y la levantó del suelo, sosteniéndola en el aire… y, ¡¡la hazaña fue hecha!! Anteo vencido dijo: “yo vengo otra vez con diferente apariencia en el Octavo Portal. Prepárate de nuevo para luchar”.
Y el Maestro dijo: “La segunda prueba ha pasado. El éxito obtenido marca su sendero. Que siga adelante”.
Ahora Hércules se dirige hacia el Oeste. Pero entró sin pensar, y encontró el fracaso de nuevo, demorándole largo tiempo el avance…
Encontró allí a Busiris, el gran engañador, hijo de las aguas y pariente de Poseidón. Su trabajo es conducir a los Hijos de los Hombres al error, a través de palabras de aparente sabiduría. Él afirma conocer la Verdad, y, cor rapidez, los hombres le creen. Él habla bellas palabras diciendo: “Yo soy el Maestro. A mi me ha sido dado el conocimiento de la verdad y debéis hacer sacrificio por mi. Acepten el camino de la vida a través mío. Yo se pero nadie más. Mi verdad es justa. Cualquier otra razón es errada y falsa. Escuchen mis palabras. Permanezcan conmigo y serán salvos”.
Y Hércules escuchó, y debilitando sus fuerzas primitivas, se olvidaba de la búsqueda del Árbol Sagrado. Su debilidad crecía día a día, mientras amaba a Busilis. El Maestro lo castigó, y tuvo que atarlo a un altar durante un año.
De pronto un día, mientras estaba luchando para liberarse, y recordando que por culpa de Busiris él estaba en este trance, vinieron a su mente unas palabras dichas por Nereo hacía mucho tiempo: “La Verdad está en ti mismo. En ti hay un Poder. Una Fuerza yace en ti, el poder que es la herencia de todos los hijos de los hombres que son los Hijos de Dios”.
Con esta fuerza él pudo romper sus ataduras, cogió a Busilis, y lo ató a los cuatro costados del altar, ocupando, así, su lugar.
El vigilante Maestro, desde lejos advirtió el momento de la liberación, y le dijo a Nereo: “La Tercera Gran Prueba ha pasado. Tú le enseñaste cómo encontrar la salida, y, a su debido tiempo, él supo encontrarla. Que siga adelante en el Sendero y aprenda el secreto del éxito.
Hércules siguió adelante, esta vez con mayor sabiduría, pues el año que pasó inclinado en el altar le había enseñado mucho.
Repentinamente detuvo sus pasos, un grito de profundo dolor hería sus oídos… Algunos buitres sobre una roca cercana llamaron su atención, y, nuevamente, se oyó el grito. ¿Debía seguir su camino, ó debía atender a quien estuviera en necesidad, retrasando sus pasos? Reflexionó sobre el problema de la demora: había estado un año atado al altar… tenía que apresurarse….
Se volvió a oír el gemido de dolor…, y Hércules se apresuró a ir en auxilio de su hermano… Encontró a Prometeo encadenado a una roca, sufriendo horribles agonías de dolor causado por los buitres que picoteaban su hígado, matándolo así, poco a poco.
Hércules rompió la cadena que le sujetaba a la roca y liberó a Prometeo, cuidándole hasta que se recuperara de sus heridas. Entonces, con mucha pérdida de tiempo, volvió a ponerse en Camino.
El Maestro le dijo: “La cuarta etapa del Camino hacia el árbol sagrado ha pasado. No ha habido retraso. La regla en el Sendero elegido que apresura todos los éxitos es: aprender a servir. ¡¡Continúa tu búsqueda!!
Hércules no encontraba el árbol Sagrado. Un día, oyó decir a un peregrino: “cerca de una montaña distante, el Árbol sería encontrado”. ¡¡La primera verdadera afirmación que se le daba hasta ahora!! Se encaminó hacia las altas montañas del Este, y, allí vio el objeto de su búsqueda. “Ahora tocaré el árbol Sagrado”, gritó de alegría. “Venceré al Dragón que le custodia, y veré a las hermosas doncellas de grande fama, y cogeré las manzanas”.
Pero nuevamente fue retenido por sentimiento de profunda pena. Atlas le hacía frente, tambaleante bajo la carga del mundo sobre su espalda. Su rostro estaba marcado por el sufrimiento, sus miembros estaban curvados por el dolor, sus ojos estaban cerrados por la agonía. Él no pedía ayuda. No vio a Hércules, sinó que permaneció encorvado por el dolor, por el peso del mundo.