La levedad del ser

La levedad del ser

viernes, 26 de julio de 2019

Literatura y psicoanalisis · ¿Qué estoy pensando?

¿Qué estoy pensando?
"PENSAR..
es lo contrario a sumergirse
en el automatismo que se nos impone.."
*Silvia Ons GRACIAS
Que lo que me impide pensar... son los pensamientos.
Alguien podría encontrar aquí una paradoja e interrogar: ¿cómo es que lo que impide pensar sea aparentemente el producto de ese acto? Pero ocurre que los pensamientos se nos imponen, carcomen muchas veces el alma, Lacan los llama parásitos ya que son extraños y nos consumen, se alimentan de nuestras energías, paralizan nuestra acción, no nos dejan concentrar en lo que deseamos, sí, nos impiden reflexionar ya que tienen vida propia, una vida paralela al pensar. ¡Cuantas veces una idea obsesiva, una suposición, o algo que escuchamos sin meditar se inmiscuye y se entromete mecánicamente impidiéndonos pensar! Diderot decía que los pensamientos eran sus pequeñas prostitutas, advertido del goce que de ahí se desprende, desde el psicoanálisis sabemos que efectivamente los pensamientos nos gozan, son nuestros fantasmas. Descartes consideraba que había que vaciarse de ellos para poder pensar, Heidegger decía que lo preocupante en este tiempo nuestro que da por pensar, se muestra en que todavía no pensamos ya que lo que está por pensar le da la espalda al hombre.
Editado por
Bibiana Martin Cardello
Psicóloga clínica en Formación Psicoanalítica
en Niños

miércoles, 17 de julio de 2019

La dificultad de vivir. Jacques Lacan

La dificultad de vivir. Jacques Lacan

Panorama: Prof. Lacan, se escucha hablar más y más a menudo de la crisis del psicoanálisis: se dice que Sigmund Freud está superado, la sociedad moderna ha descubierto que su doctrina no alcanza a comprender al hombre ni a interpretar a fondo su relación con el ambiente, con el mundo…
Lacan: Son historias. En primer lugar: la crisis, no existe. No está, el psicoanálisis, al contrario, no ha alcanzado del todo sus límites. Hay aún muchas cosas para descubrir tanto en la práctica como en la doctrina. En el psicoanálisis no hay solución inmediata, sino solamente la larga  y  paciente investigación acerca de los porqués. En segundo lugar: Freud. ¿Cómo se lo puede juzgar como superado si no lo hemos comprendido enteramente? Lo que sabemos es que ha dado a conocer cosas totalmente novedosas que no se habían imaginado antes de él, problemas… del inconsciente hasta la importancia de la sexualidad, del acceso a lo simbólico al sujetamiento a las leyes del lenguaje.
Su doctrina ha puesto a la verdad en cuestión, un asunto que concierne a cada uno personalmente. Nada que ver con una crisis. Repito: estamos lejos de los objetivos de Freud. Es porque su nombre ha servido para cubrir muchas cosas que ha habido desviaciones, los epígonos no han seguido siempre fielmente el modelo, eso ha creado la confusión.
Después de su muerte en 1939, algunos de sus alumnos pretendieron hacer el psicoanálisis de otra manera, reduciendo su enseñanza a algunas pequeñas fórmulas banales: la técnica como rito, la práctica reducida al tratamiento del comportamiento y, como objetivo, la readaptación del individuo a su entorno social. Es decir, la negación de Freud, un psicoanálisis acomodaticio, de salón.
Él mismo lo había previsto. Decía que hay tres posiciones imposibles de sostener, tres  tareas imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar. Hoy día  poco importa quien tiene las responsabilidades de gobernar y todo el mundo se pretende educador.  En cuanto a los  psicoanalistas,  ¡ ay !, por desgracia prosperan como los magos y los curanderos. Proponer ayudar a las personas significa el éxito asegurado y la clientela detrás de la puerta. El psicoanálisis es otra cosa.
Panorama: ¿Qué exactamente?
Lacan: Lo defino como un síntoma, revelador del malestar de la civilización en la cual vivimos.  No es ciertamente una filosofía, yo aborrezco la filosofía, hace ya tiempo que ella no dice nada interesante. No es tampoco una fe y tampoco me va llamarla ciencia. Digamos que es una práctica que se ocupa de aquello que no anda, terriblemente difícil ya que pretende introducir en la vida cotidiana al imposible y al imaginario. Hasta ahora, ha obtenido ciertos resultados, pero no dispone aún de reglas y se presta a toda suerte de equívocos.
No hay que olvidar que se trata de algo totalmente nuevo, tanto sea en relación a la medicina, o a la psicología o a las ciencias afines. Es asimismo muy joven. Freud murió apenas hace 35 años. Su primer  libro, La interpretación de los sueños fue publicado en 1900 y con muy poco éxito. Creo que  fueron vendidos unos 300 ejemplares en aquellos años. Tenía pocos alumnos que pasaban por locos y ellos mismos no estaban de acuerdo acerca de la manera de poner en práctica y de interpretar aquello que habían adquirido.
Panorama: ¿Qué es lo que no anda en el hombre hoy en día?
Lacan:  Hay una gran fatiga de vivir como resultado de la carrera hacia el progreso. Se espera del psicoanálisis que descubra hasta dónde se puede llegar arrastrando esa fatiga, ese malestar de la vida.
Panorama: ¿Qué es lo que empuja a la gente a analizarse?
Lacan: El miedo. Cuando al hombre le llegan las cosas, incluso las cosas que ha querido, que no comprende, tiene miedo. Sufre de no comprender y poco a poco entra en un estado de pánico. Es la neurosis. En la neurosis histérica el cuerpo deviene enfermo del miedo de estar enfermo sin estarlo realmente. En la neurosis obsesiva el miedo pone cosas bizarras en la cabeza … pensamientos que no se pueden controlar, fobias en las cuales formas y objetos adquieren significaciones diversas y espantosas.
Panorama: ¿Por ejemplo?
Lacan: El neurótico llega a sentirse empujado por una necesidad espantosa de tener que verificar docenas de veces si la canilla está cerrada de verdad o si tal cosa está bien en su lugar, sabiendo con certeza que la canilla está como debe estar y que la cosa está en su lugar. No hay pastilla que cure eso. Tú debes descubrir por qué eso te llega y saber lo que eso significa.
Panorama: ¿Y el tratamiento?
Lacan: El neurótico es un enfermo que se trata con la palabra, sobre todo con la suya. Debe hablar, contar, explicar él mismo. Freud lo define así: asunción de la parte del sujeto de su propia historia, en la medida en que ella está constituida por la palabra dirigida a otro. El psicoanalista no tiene mas remedio que ser el rey de la palabra. Freud explicaba que el inconsciente no es tanto profundo sino más bien que es inaccesible a la profundización consciente. Y decía también que en ese inconsciente ello habla: un sujeto en el sujeto trascendiendo al sujeto. La palabra es la gran fuerza del psicoanálisis.
Panorama: ¿Palabra de quién? ¿Del enfermo o del analista?
Lacan: En el psicoanálisis, los términos enfermo, médico, medicina no son exactos, no son utilizados. Incluso las fórmulas pasivas que son utilizadas habitualmente no son justas.  Se dice hacerse psicoanalizar. Es falso. Aquel que hace el trabajo en análisis es aquel que habla, el sujeto analizante mismo si él lo hace según el modelo sugerido por el analista que le indica cómo proceder y lo ayuda con sus intervenciones. Las interpretaciones que les son proporcionadas parecen dar sentido en un primer abordaje a aquello que el analizante dice.
En realidad la interpretación es más sutil, tiende a borrar el sentido de las cosas por las cuales el sujeto sufre. El objetivo es el de mostrarle, a través de su propio relato, que su síntoma, digamos la enfermedad, no está en relación con nada, que está desanudada de todo sentido. Incluso, si en apariencia es real, no existe.
Las vías por las cuales esta acción de la palabra procede, pide mucha práctica y una paciencia infinita. La paciencia y la ponderación son los instrumentos del psicoanálisis. La técnica consiste en saber ponderar la ayuda que se le da al analizante; es por esto que el psicoanálisis es difícil.
Panorama: Cuando se habla de Jacques Lacan, se asocia inevitablemente ese nombre a una fórmula: el retorno a Freud. ¿Qué significa eso?
Lacan: Exactamente eso que es dicho. El psicoanálisis es Freud. Si se quiere hacer psicoanálisis, hay que referirse a Freud, en sus términos, en sus definiciones, leídas e interpretadas en su sentido literal. He fundado en París una escuela freudiana justamente para eso. Hace 20 años, o más, que vengo explicando mi punto de vista: el retorno a Freud simplemente significa  despejar el campo de las desviaciones y de los equívocos, de las fenomenología existenciales —por ejemplo— tanto como del formulismo institucional de las sociedades analíticas, retomando la lectura de su enseñanza según los principios definidos y catalogados en su trabajo. Releer Freud quiere decir solamente releer Freud. Aquel que no hace esto en psicoanálisis, utiliza formas abusivas.
Panorama: Pero Freud es difícil. Y Lacan, dicen, lo torna incomprensible. Se le reprocha a Lacan  hablar y sobre todo escribir de tal manera que solamente aquellos iniciados pueden esperar comprender.
Lacan: Lo sé, tengo la reputación de ser un oscuro que esconde su pensamiento en nubes de humo. Yo me pregunto el porqué. A propósito del análisis, respeto conjuntamente con Freud que sea el juego intersubjetivo a través del cual la verdad entre en el real. ¿No está claro? Pero el psicoanálisis no es una cosa simple.
Mis libros tienen reputación de incomprensibles. ¿Pero por quién? No los he escrito para todos, para que sean comprendidos por todos. Al contrario, no me he preocupado ni un instante de complacer a algunos lectores. Tengo cosas para decir y las digo.  Me es suficiente tener un público que lee, y si no comprende, paciencia. En cuanto al número de lectores, tengo más chance que Freud. Mis libros son  muy leídos; estoy asombrado por eso.
Estoy convencido que  dentro de 10 años como máximo, quien me lea me encontrará transparente como una buena jarra de cerveza. Es posible que entonces se diga: ¡ese Lacan, es banal!
Panorama: ¿Cuáles son las características del lacanismo?
Lacan: Es un poco apresurado decirlo ya que el lacanismo no existe aún. Se percibe apenas un olor, como un presentimiento.
Sea lo que sea, Lacan es un señor que practica el psicoanálisis hace 40 años y que estudia desde hace más tiempo. Creo en el estructuralismo y en la ciencia del lenguaje. He escrito en uno de mis libros que  aquello a lo cual nos devuelve el descubrimiento de Freud es a la importancia del orden en el cual hemos entrado, en el que somos, si se puede decir, nacidos por segunda vez, saliendo del estado llamado justamente infans, sin palabra.
El orden simbólico sobre el cual Freud ha fundado su descubrimiento está constituido por el lenguaje, como momento del discurso concreto universal. Es el mundo de las palabras que creó el mundo de las cosas, inicialmente confusas en el devenir del todo. Solamente las palabras  dan un sentido cabal a la esencia de las cosas. Sin las palabras, nada existiría. ¿Cuál sería el placer sin el intermediario de la palabra?
Mi idea es que Freud al enunciar en sus primeras obras (La interpretación de los sueñosMás allá del principio del placerTótem y tabú) las leyes del inconsciente, formuló —como precursor de su tiempo— las teorías con las cuales algunos años más tarde Ferdinand de Saussure  abrió el camino de la lingüística moderna.
Panorama: ¿Y el pensamiento puro?
Lacan:  Sometido, como todo el resto, a las leyes del lenguaje, solamente las palabras pueden introducir y darle consistencia. Sin el lenguaje, la humanidad no daría un paso hacia el frente en las investigaciones acerca del pensamiento. Del mismo modo para el psicoanálisis. Sea cual sea la función que quisiéramos atribuirle, agente de cura, de formación o de sondeo, no hay más que un medium del que se sirve: la palabra del paciente. Y  cada palabra pide respuesta.
Panorama: ¿El análisis como diálogo? Hay gente que lo interpreta, sobretodo, como un sucedáneo laico de la confesión…
Lacan: ¿Pero qué confesión? Al psicoanalista no se le confiesa nada. Se va a decirle simplemente todo lo que se le pasa por la cabeza. Palabras precisamente. El descubrimiento del psicoanálisis, es el del hombre como animal parlante. Es asunto del analista el poner en serie las palabras que escucha y de darle un sentido, una significación. Para realizar un buen análisis, hace falta un acuerdo, una afinidad entre el analizante y el analista. A través de las palabras de uno, el otro busca hacerse una idea de lo que se trata y a encontrar más allá del síntoma aparente, el difícil nudo de la verdad. Otra función del analista es la de explicar el sentido de las palabras para hacer comprender al paciente  acerca de lo que puede esperar del análisis.
Panorama: Entonces es una relación de una extrema confianza.
Lacan: Sobre todo un intercambio, en el cual lo importante es que uno habla y el otro escucha. Aún en silencio. El analista no plantea preguntas y no tiene ideas. Da solamente las respuestas que hace falta dar a las preguntas que suscitan sus buenas ganas. Pero —a fin de cuentas— el analizante va siempre a donde el analista lo lleva.
Panorama: Eso es la cura. ¿Y acerca de las posibilidades de curación? ¿Se sale de la neurosis?
Lacan: El psicoanálisis tiene éxito cuando vacía el campo tanto del síntoma como del real, y así  llega a la verdad.
Panorama: ¿Podría explicarme ese concepto de una manera menos lacaniana?
Lacan: Yo llamo síntoma a todo aquello que viene del real. Y el real es todo aquello que no anda, que no funciona, eso que hace obstáculo a la vida del hombre y a la afirmación de su personalidad. El real vuelve siempre al mismo lugar, se lo encuentra siempre allí con las mismas manifestaciones. Los científicos disponen de una bella fórmula: que no hay nada de imposible en el real. Hace falta ser un caradura para  hacer afirmaciones de ese género, o bien como yo lo sospecho, una ignorancia total acerca de lo que se hace y de lo que se dice.  El real y el imposible son antitéticos; no pueden estar juntos. El análisis empuja al sujeto hacia el imposible, le sugiere considerar el mundo  como es verdaderamente, es decir  imaginario y sin ningún sentido. Mientras que el real, como un pájaro voraz, no  hace otra cosa que nutrirse de cosas sensatas, de acciones que tienen un sentido.
Se escucha  siempre  repetir que hay que darle un sentido a esto o a aquello, a sus propios pensamientos, a sus propias aspiraciones, a los deseos, al sexo, a la vida. Pero de la vida no sabemos nada de nada, cómo se sofocan los científicos por explicar. Mi miedo es que por culpa  de ellos, el real, cosa monstruosa que no existe, termine tomando la delantera. La ciencia está en tren de sustituir a la religión, con otro tanto de despotismo, de oscuridad y de oscurantismo. Hay un dios átomo, un dios espacio, etc. Si la ciencia o la religión lo logran, el psicoanálisis está acabado.
Panorama: ¿Qué relación guardan entre sí hoy día la ciencia y el psicoanálisis?
Lacan: Para mí la única ciencia verdadera, seria para seguir, es la ciencia ficción. La otra, aquella que es oficial, que tiene sus altares en los laboratorios, avanza a tientas y a locas y comienza  a tener miedo de su sombra. Pareciera que a los científicos también les llegó el momento de angustia. En sus laboratorios asépticos revestidos de sus  guardapolvos almidonados, esos viejos niños que juegan con cosas desconocidas, manipulando aparatos siempre más complicados e inventando fórmulas siempre  más oscuras, comienzan a preguntarse qué es lo que podrá sobrevenir mañana y qué terminarán aportando sus investigaciones siempre novedosas. En fin, digo: ¿Y si es demasiado tarde? Se llamen biólogos, físicos, químicos, para mí están locos.
Solamente por el momento, mientras están en vías de destruir el universo, les viene al espíritu preguntarse si por azar eso que hacen no sería peligroso. ¿Y si todo saltara? ¿Y si las bacterias tan amorosamente elevadas en los blancos laboratorios se trasmutasen en enemigos mortales?  ¿Y si el mundo fuera barrido por una horda de esas bacterias con todo lo merdoso que lo habita, comenzando por los científicos de los laboratorios? Hay tres posiciones imposibles dichas por Freud: gobernar, educar y psicoanalizar. Agregaría una cuarta: la ciencia. Tan cerca como las demás, los científicos no saben que están en una posición insostenible.
Panorama: Es una definición bastante pesimista de aquello que comúnmente se llama progreso.
Lacan:  Para nada, no soy para nada pesimista. No llegará a nada, por la simple razón de que el hombre es un bueno para nada, incapaz de destruirse a sí mismo. Una calamidad total promovida por el hombre, eso lo encontraría personalmente maravilloso. Sería la prueba de que finalmente ha logrado fabricar alguna cosa con sus manos, con su cabeza, sin intervención divina, natural o de otra especie.
Todas  esas bellas bacterias bien nutridas que se pasean por el mundo, como  las langostas bíblicas, significarían el triunfo del hombre. Pero eso no llegará jamás. La ciencia tiene  su buena crisis de responsabilidad. Todo reentrará en el orden de las cosas, como se dice.  Lo he dicho, el real tendrá  la superioridad como siempre y nosotros estaremos jodidos como siempre.
Panorama: Otra de las paradojas de Jacques Lacan. Nos lanza no solamente la dificultad del lenguaje y la obscuridad de los conceptos, los juegos de palabras, los divertimentos lingüísticos, los acertijos a la francesa y precisamente las paradojas. Aquel que lo escucha o lo lee debe de sentirse desorientado.
Lacan: No agrado del todo, digo las cosas  muy seriamente. Salvo que utilice las palabras como los científicos, de los que hablamos antes, utilizan sus alambiques y sus gadgets electrónicos. Busco siempre referirme a la experiencia del psicoanálisis.
Panorama: Usted dijo: el real  no existe. Pero el hombre medio sabe que el real es el mundo, todo aquello que lo rodea, lo que se ve ante el ojo desnudo, se toca, es …
Lacan: De entrada rechacemos a este  hombre medio que, él,  para comenzar no existe, es solamente una ficción estadística, existen los individuos y eso es todo. Cuando escucho hablar del hombre de la calle, de los sondeos, de los fenómenos de masa o de cosas parecidas, pienso en todos los pacientes que he visto pasar sobre el diván de mi consultorio en cuarenta años de escucha. No hay uno solo que sea parecido a otro, ninguno con la misma fobia, la misma angustia, la misma manera de relatar, el mismo miedo de no entender. El hombre medio, ¿quién es? ¿Yo, usted, nosotros, mi conserje, el presidente de la república?
Panorama: Hablamos del real, del mundo que todos vemos …
Lacan: Precisamente. La diferencia entre el real, a saber: eso que no va y el simbólico y el imaginario, a saber: la verdad, es que el real es el mundo. Para constatar que el mundo no existe, que no es, hace falta pensar en todas las cosas banales que una infinidad de gente estúpida creen que es el mundo. E invito a los amigos de Panorama, antes de acusarme de paradoja, a reflexionar acerca de lo que acaban de leer.
Panorama: Siempre  más pesimista se diría…
Lacan: No es cierto. No me coloco entre los alarmistas ni entre los angustiados. Estupendo si un psicoanalista no ha dejado atrás su estado de la angustia. Es cierto, hay alrededor de nosotros cosas horripilantes y devorantes, como es la televisión, por la cual la mayoría de nosotros se encuentra regularmente fagocitado. Pero es únicamente porque las personas se dejan fagocitar que llega a inventarse un interés para  aquellos que los ven. Luego hay otros gadgets monstruosos tan devorantes, los cohetes en la luna, las investigaciones en el fondo del mar, etc, cosas que devoran, pero no hay de qué hacer un drama. Estoy seguro que cuando hayamos tenido los cohetes, la televisión y todas las otras malditas investigaciones para la vida, encontraremos otras cosas para ocuparnos. Hay una reviviscencia de la religión ¿no?  ¿Y que mejor monstruo devorante que la religión, una feria continua con la cual entretenerse durante siglos como ya ha sido demostrado?
Mi respuesta a todo ello es que el hombre siempre supo adaptarse al mal. El sólo realconcebible al que tenemos acceso es precisamente este y hay que darse una razón. Dar un sentido a las cosas como se dice. De otro modo el hombre no tendría angustia. Freud no habría devenido célebre y yo no sería profesor del colegio.
Panorama: Las angustias, ¿son todas ellas siempre de ese tipo o bien hay angustias ligadas a ciertas condiciones sociales, a ciertas etapas históricas, a ciertas latitudes?
Lacan: La angustia del científico que tiene miedo de sus propios descubrimientos puede parecer reciente, pero ¿qué sabemos  nosotros de aquello que les llegó en otras épocas, de los dramas de otros investigadores? La angustia del obrero remachado a la cadena de montaje como  al remo de una galera, esa es la angustia de hoy día. O más simplemente, está ligada a las definiciones y a las palabras de hoy.
Panorama: Pero ¿qué es la angustia para el psicoanálisis?
Lacan: Algo que se sitúa en el exterior de nuestro cuerpo, un miedo, un miedo de nada más que del cuerpo —comprometido el espíritu— pueda motivar. En suma, el miedo del miedo. Muchos de esos miedos, muchas de esas angustias, al nivel donde lo percibimos, tienen alguna cosa que ver con el sexo.
Freud decía que la sexualidad para el animal parlante que se llama el hombre, no tiene ni remedio ni esperanza. Uno de los deberes del analista es el de encontrar en las palabras del paciente el nudo entre la angustia y el sexo, ese gran desconocido.
Panorama: Ahora que se coloca al sexo en todas las salsas, sexo en el cine, en el teatro, en la televisión, en los diarios, en las canciones, en la playa, se oye decir que la gente está menos angustiada concerniente a los problemas ligados a la esfera sexual.  Los tabúes han caído, se dice, el sexo ya no da miedo …
Lacan: La sexomanía galopante es solamente un fenómeno publicitario. El psicoanálisis es una cosa seria que comporta, y lo repito, una relación estrictamente personal entre dos individuos: el sujeto y el analista. No existe psicoanálisis colectivo, como no existen angustias o neurosis de masas.
Que el sexo sea puesto a la orden del día y expuesto en todos los rincones de las calles, tratado de la misma manera que no importa cual detergente en los carrouseles  televisivos, no constituye absolutamente promesa alguna de beneficio. No digo que esté mal. Ciertamente, eso  no sirve para asistir a las angustias y a los problemas singulares. Eso forma parte del mundo, de esa falsa liberación que  nos es proporcionada como un bien acordado desde lo alto por la susodicha sociedad permisiva. Pero eso no sirve al nivel del psicoanálisis.
Publicación original en la web: http://www.ffcle.es/files/Entr_lacan.htm

domingo, 14 de julio de 2019

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¿Es el amor una mera ilusión biológica o una realidad espiritual?

¿Es el amor una mera ilusión biológica o una realidad espiritual?: Si el amor es solamente la forma en la que nos representamos el puro instinto sexual, entonces debemos preguntarnos si realmente existe aquello que llamamos amor-

El amor es generalmente considerado como la experiencia en la que el ser humano encuentra su sentido existencial y su plenitud. Particularmente es el caso del amor sexual, el cual provee el máximo placer que experimenta el ser humano, hasta el punto de que incluso los estados místicos -que suponen alcanzar la realidad última- han sido descritos en el lenguaje florido del amor sexual, algo que encontramos en culturas tan diversas como el hinduismo, el cristianismo o el islam, por mencionar sólo algunas. De hecho, en la vida moderna secular, donde el misticismo es algo que sobre todo se estudia en las universidades o que se adquiere -como si fuera una mercancía- a través de sesiones con plantas psicodélicas, el amor romántico ha reemplazado esta necesidad de experimentar una especie de unión mística, que provea no sólo el placer extático y la transformación del yo, sino también una experiencia dadora de sentido. Uno se puede preguntar, un poco cínicamente, ¿qué sería del marketing y de la publicidad sin este misticismo o idealismo del amor, en el que un hombre o una mujer orienta toda su vida hacia la consecución de un pareja, la cual cree que le puede proveer una felicidad duradera, como ninguna otra cosa en la vida, una suerte de divinidad? Como ha dicho un teórico de medios contemporáneo: un hombre que está buscando novia es el consumidor perfecto.
Ahora bien, el amor no es una invención del marketing. Es parte de nuestra naturaleza. La pregunta esencial es si la dimensión ética y espiritual con la cual experimentamos como seres humanos el amor es real, es algo que existe, por así decirlo, ontológicamente o incluso sobrenaturalmente, o si en realidad esta forma de vivir el amor es simplemente una ilusión útil gracias a la cual la biología o la fuerza ciega de la evolución nos engaña para que sigamos reproduciéndonos. El tema no es menor, pues si el amor sólo es un programa biológico, por más que lo idealicemos o eulogicemos, entonces se podría argumentar que lo que existe es solamente el amor sexual, y entonces, podemos ir más allá y decir que lo que existe solamente es el instinto sexual que se enmascara como amor. Pues si lo que llamamos "amor" es solamente la manipulación de una fuerza ciega, mecánica y determinista que nos orilla a querer a una persona solamente para reproducirnos y satisfacer la necesidad de supervivencia, entonces el amor es despojado de la libertad, de la elección y de toda correspondencia poética. Incluso la madre que sería capaz de morir por su hijo no está haciéndolo por amor, sino por el puro ciego instinto que la manipula para que la vida siga existiendo y sus genes se sigan transmitiendo. Y no hace nada sustancialmente diferente a lo que hace una mosca o un gusano que procuran de alguna u otra manera por su descendencia. ¿Pero llamaríamos amor al instinto de procreación y conservación de una mosca, al "egoísmo" de la especie?
En otras palabras, se podría argumentar que para que el amor -según lo entendemos- exista, debe ser sobrenatural, es decir, más allá de la naturaleza, del mecanicismo de la materia, pues debe requerir una decisión libre, una respuesta libre a la vida: la afirmación del amor, de amar a esa persona libremente, no a la manera de un esclavo de la biología. En este sentido se presenta la noción del amor como un don divino, como una esencia o una energía espiritual que existe libremente, en semejanza de la divinidad, incluso como la esencia misma de la divinidad. "Dios es amor", dice el Evangelio de Juan. Y San Juan de la Cruz: "en el ocaso de la vida seremos juzgados en el amor", sugiriendo que el amor es el gran logro de una persona, aquello en lo cual se juega su vida y su futuro, lo que lo define. Al igual que Rilke, quien escribió que había que trabajar para amar, que el amor era algo que uno debía conseguir a través de la experiencia. Que una persona sepa amar, ese es el criterio del bien. ¿Pero cómo puede ser "bueno" alguien que es obligado a hacer lo que hace? Si el amor es meramente una fuerza ciega que nos avasalla, nadie es responsable de su amor. Podemos todavía hablar de la "gracia del amor" y tendremos santos electos; o podremos hablar del instinto biológico o de la voluntad de poder que inconteniblemente arrastra a los individuos hacia el acto sexual y tendremos humanos que creen estar enamorados, pero que en realidad son zombis o robots. 
Schopenhauer, en la segunda parte de El mundo como voluntad y representación, le dedica un capítulo al amor y expone su tesis de que el amor es en realidad un modo de la voluntad de vivir, mero instinto de supervivencia, por lo que no deja de ser la cuestión más seria y apremiante de nuestra existencia, pues de ella depende nuestra especie. Schopenhauer destruye el ideal del amor romántico: "todo enamoramiento por muy etéreo que guste aparecer, únicamente arraiga en el instinto", "el instinto sexual sabe adaptar con destreza la máscara de una admiración objetiva y engañar así a la conciencia; pues la naturaleza precisa de tal estratagema para sus fines". El misticismo del amor, el deseo de unidad se literaliza, no es más que la voluntad de vivir, instinto sexual que busca crear otro ser, la unión de los dos seres que creen amarse: "Los amantes sienten el anhelo de unirse y fundirse realmente en un único ser, para luego proseguir viviendo sólo en él; y este anhelo se colma en lo generado por ellos, como aquello en lo que se transmiten las cualidades de amor, para sobrevivir reunidos en un ser".
Para Schopenhauer, que anticipa en ello a la moderna biología evolutiva, la belleza y la salud son sobre todo astutas señales biológicas que orientan la inclinación amorosa hacia un resultado fértil. La naturaleza crea, haciendo uso de la invención de la necesidad, formas que estimulan a los individuos para que se cumpla el único fin, aquello que mueve a todo lo demás, la simple procreación. Ya que el individuo es profundamente egoísta y sólo el egoísmo mueve realmente al individuo, su propia voluntad de vivir, la naturaleza, para alcanzar su fin, inculca "al individuo una cierta ilusión, en virtud de la cual le parece como bueno para sí mismo lo que en verdad lo es para la especie, de suerte que sirve a ésta mientras se figura que está al servicio de sí mismo".
Platón ya había notado en El banquete que el amor, el eros, tiene como función básica perpetuar la especie, una inmortalidad material, a través de las generaciones. Pero allí mismo, la sacerdotisa Diotima planteó un modo trascendente, con su famosa escalera del amor, con la cual le dio al amor una cualidad sobrenatural, como una energía que eleva al alma más allá del mundo contingente, hacia el mundo de las ideas, un mundo eterno y divino. El eros que despierta la belleza de un cuerpo, cuando es cultivado filosóficamente, despierta un amor universal, hacia la belleza en sí. Estaría aquí desarrollada la idea de que el amor, ya sea porque es en sí mismo una divinidad o un daemon, o porque participa en la eternidad de las ideas, es lo que hace divinos a los hombres. Esta es la idea fundamental que subyace al amor en nuestra civilización. El amor es lo divino en el ser humano. Es aquello que lleva hacia lo real, hacia lo que uno es en el fondo, hacia algo que no perece. Esta es la otra inmortalidad del amor, la primera siendo la inmortalidad del sexo.
En otras tradiciones, como en el hinduismo, se desarrollaron importantes escuelas devocionales, en las que se postuló la noción de que el amor a Dios trasciende la causalidad y es capaz de liberar al individuo del mundo condicionado e incluso deificarlo. Asimismo, el estado más elevado al cual aspira un alma es algún tipo de contemplación amorosa o de participación en los juegos amorosos y en la deliciosa belleza de la divinidad. En estos casos, se afirmaría que si bien un amor finito está condenado al sufrimiento, pues es dirigido a un ser impermanente, un amor dirigido a un ser infinito y absolutamente bueno es la clave de la felicidad. Borges dijo que el amor es crear una religión con un dios falible. Se podría decir que algunas de estas tradiciones crean una religión para poder experimentar un amor infalible.
Se puede decir mucho más sobre este fascinante tema, el cual dejaremos de alguna manera irresoluto, dejando al menos ese importante espacio abierto del misterio, tan vital para el amor, que, ya sea por un truco de la biología o por una semejanza divina, siempre busca más y requiere un desconocimiento para seguir conociendo, para seguir explorando y disfrutando algo que juega a ser inagotable, a presentar lo infinito dentro de lo finito. ¿Una divina ilusión?